domingo, 23 de abril de 2017

EL FÚTBOL A SOL Y SOMBRA de Eduardo Galeano



¿Qué tal un partido de fútbol de puño y letra? Sí, ya sé que soy lega en la materia y que os estoy invitando sin conocimiento de causa. Pero algunos de vosotros sois concienzudos conocedores de este deporte e hinchas muy documentados. Y, además, si vamos al estadio con Eduardo Galeano y su "Fútbol a sol y sombra" (1995), nadie saldrá ileso. 

Tuve ocasión de comprobarlo en Uruguay, hace ya algunos años, y fui hincha "celeste" sin tener ni idea. Sí, sí, me contagié de ese «nosotros» de los hinchas y tragué el veneno de la derrota y el éxtasis de la victoria abrazada a desconocidos «nosotros», y durante aquellos minutos padecí una enfermedad, una enfermedad que remitió cuando la cancha quedó sumida en el vacío de la expectación pretérita. ¡Fue sublime! Porque, en efecto, no hay nada menos vacío que un estadio vacío... «El reino de la lealtad humana ejercida al aire libre» 

¿Aceptáis la invitación? ¡Pues adelante! ¡Nada de prejuicios! ¡Nada de violencia! ¡Rindamos homenaje al fútbol! «A esa música del cuerpo, fiesta de los ojos, y también una de las estructuras de poder y uno de los negocios más lucrativos del mundo». Negar este extremo sería necedad. 

No puedo, en esta ocasión, invitaros con recuerdos o apasionamientos técnicos. Alguna que otra vez he estado en un estadio de fútbol, pero para desquicio de los que lo vivís y lo conocéis y lo amáis, no se detuvo mi sensibilidad en el resultado ni en las jugadas... no supe. Y me quedé colgada de la policromía de la masa y del gregarismo, en la alegría de los unos frente al llanto de los otros... en el manicomio de los fanáticos, en la religión donde no hay ateos y en algunas otras cuestiones de pan y circo, que Galeano se encargó de aclararme. 

 Os pido disculpas a media voz. No debí aceptar tales invitaciones... ¿o tal vez sí...? La curiosidad siempre me traiciona. Ya os he adelantado (y algunos lo sabéis de sobra) que no tengo ni idea de fútbol. Sin embargo, el libro lo leí y me entusiasmó, me divertí y reflexioné, tanto como con otros libros de Galeano. Y en la cancha puedo llegar a sentir el "nosotros" del dorsal número 12. 

¡Por tanto, si tengo ocasión asisto a un partido de fútbol!  

Os paso el balón, porque hoy jugamos "nosotros", los números 12, con una jugada en forma de pregunta-respuesta que nos regala Galeano: 

«¿En qué se parece el fútbol a Dios? En la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales...» 

 ¡Disfrutad de la jugada!  



LO QUE SE HA ESCRITO ACERCA DE LA OBRA 


«En este libro sorprendente, uno de los mejores escritores uruguayos actuales nos hace el regalo de una divertidísima historia del fútbol diseminada en cápsulas breves, en las que saltan cientos de anécdotas, recuerdos y consideraciones llenas de humor y de ironía. Desde la indumentaria de Zamora hasta la efedrina de Maradona, nada escapa a este hincha del Nacional que se da gusto contando chistes y recordando también los dramas y las tragedias del deporte más universal. Cuando era niño, Galeano quería ser jugador de fútbol, pero sólo jugaba bien, y hasta muy bien, mientras dormía. Uno de los libros más personales de su autor». http://www.lecturalia.com/libro/15001/el-futbol-a-sol-y-sombra 

HE SELECCIONADO ESTE CAPÍTULO

                                               EL HINCHA
 « El hincha una vez por semana, el hincha huye de su casa y asiste al estadio. Flamean las banderas, suenan las matracas, los cohetes, los tambores, llueven las serpientes y el papel picado; la ciudad desaparece, la rutina se olvida, sólo existe el templo. En este espacio sagrado, la única religión que no tiene ateos exhibe a sus divinidades. Aunque el hincha puede contemplar el milagro, más cómodamente, en la pantalla de la tele, prefiere emprender la peregrinación hacia este lugar donde puede ver en carne y hueso a sus ángeles, batiéndose a duelo contra los demonios de turno. 

Aquí, el hincha agita el pañuelo, traga saliva, glup, traga veneno, se come la gorra, susurra plegarias y maldiciones y de pronto se rompe la garganta en una ovación y salta como pulga abrazando al desconocido que grita el gol a su lado. Mientras dura la misa pagana, el hincha es muchos. 

Con miles de devotos comparte la certeza de que somos los mejores, todos los árbitros están vendidos, todos los rivales son tramposos. Rara vez el hincha dice: «hoy juega mi club». Más bien dice: «Hoy jugamos nosotros». 

Bien sabe este jugador número doce que es él quien sopla los vientos de fervor que empujan la pelota cuando ella se duerme, como bien saben los otros once jugadores que jugar sin hinchada es como bailar sin música. 

Cuando el partido concluye, el hincha, que no se ha movido de la tribuna, celebra su victoria; qué goleada les hicimos, qué paliza les dimos, o llora su derrota; otra vez nos estafaron, juez ladrón. Y entonces el sol se va y el hincha se va. Caen las sombras sobre el estadio que se vacía. En las gradas de cemento arden, aquí y allá, algunas hogueras de fuego fugaz, mientras se van apagando las luces y las voces. 

El estadio se queda solo y también el hincha regresa a su soledad, yo que ha sido nosotros: el hincha se aleja, se dispersa, se pierde, y el domingo es melancólico como un miércoles de cenizas después de la muerte del carnaval».

viernes, 24 de marzo de 2017

LECCIONES DE LOS MAESTROS de George Steiner


Me adentré en la Primavera, hace unos días, disfrutando de la vida, viviéndola, pensándola y sonriéndole, naturalmente en buena compañía. Recorrimos lugares alegóricos y trepamos a las sabidurías y a los magisterios goyescos y cervantinos. Es sana costumbre hacer sencillas las cosas. Al cabo, en esas pequeñas cosas se hallan los maravillosos secretos que separan un mapa de un botín. 

 Por tanto hoy os invito a pasear, en volandas, por la inestabilidad, no solo meteorológica, de esta estación tan elogiada y ensalzada por poetas, cantautores, músicos, pintores y escritores. Os invito a una convulsión reflexiva. Y para ello me ha elegido (todo un honor para mí) George Steiner y sus «Lecciones de los Maestros» ( Siruela. 2004) 

 Os invito a entrar en el Delfos que me legaron mis Maestros. De tal modo que advertiréis que esa es la razón última por la que sigo jugando con las «cosas serias», a fin de vivir con plenitud y poder conocer sin fronteras ni apriorismos. 

 Este libro es «una reflexión sobre una dualidad que acompaña a la recepción de la tradición y de la cultura: la formada por el maestro y el discípulo. Lo que en principio se presenta como un ensayo de corte histórico va dando pie, en especial durante los primeros capítulos, a consideraciones muy pertinentes sobre el hermoso arte de enseñar». 

He sido afortunada, lo he de confesar, porque he tenido Maestros que no hubieran podido ni querido (por tratarse de un imposible) cobrar todo lo que me enseñaron. Porque lo que me transfirieron no tiene precio. ¡Sí, sí, las cosas importantes no tienen precio! «¿Cómo es posible pagar por la transmisión de sabiduría, de conocimiento, de doctrina ética o de axiomas lógicos? ¿Qué equivalencia monetaria o patrón de cambio se puede establecer entre la sagacidad humana y la entrega de la verdad, por una parte, y unos honorarios en metálico, por otra?» 

 «Para Steiner «La auténtica enseñanza es una vocación. Es una llamada». El maestro es, en tantas tradiciones, alguien que merece ser venerado, porque en sus manos está la capacidad de entregar a la siguiente generación un testimonio lleno de sentido. De ese modo, el maestro es tal no en virtud de un contrato o de un sueldo, sino por una verdadera vocación que, como el profeta, responde a la citación con un «¿Por qué me llamas, qué quieres que haga?» y que a menudo se interpreta como un peso, invariablemente como un gran encargo».

 Un Maestro es aquel «que pone una obsesión en el camino de sus alumnos». 

 ¡Así fueron mis Maestros! 

¡Disfrutad de la obsesión dentro de Delfos! 





 LO QUE SE HA ESCRITO ACERCA DE LA OBRA 

La última obra de George Steiner se titula Lecciones de los maestros —Siruela, Madrid, 200 —. Se trata de una reflexión sobre una dualidad que acompaña a la recepción de la tradición y de la cultura: la formada por el maestro y el discípulo. Lo que en principio se presenta como un ensayo de corte histórico va dando pie, en especial durante los primeros capítulos, a consideraciones muy pertinentes sobre el hermoso arte de enseñar. Como es lógico, el camino empieza con los griegos, y enseguida se centra en la posición de la sofística, la escuela en la que se dio por primera vez de un modo sistemático la presencia del maestro, la docencia como modo de vida y fuente de transmisión. 

Con los sofistas, como ya denunciaba Platón por boca de Sócrates, aparece el peligro de la corrupción: quien cobra por enseñar, ¿será capaz de seguir siendo independiente en la exposición de sus conocimientos, o acabará adaptando lo que dice a la complacencia inmediata de sus oyentes, es decir, de quienes le pagan? «¿Cómo es posible pagar por la transmisión de sabiduría, de conocimiento, de doctrina ética o de axiomas lógicos? ¿Qué equivalencia monetaria o patrón de cambio se puede establecer entre la sagacidad humana y la entrega de la verdad, por una parte, y unos honorarios en metálico, por otra?» (p. 23). Parece contradictorio que el maestro, iluminador del camino del discípulo, le pueda presentar factura. Eso es degradante, es risible. 

Señala Steiner que quizás haya que matizar: en el campo de las artes, de las artesanías, de los saberes técnicos, tiene sentido cobrar por enseñar, pues a fin de cuentas lo que se trata es de dotar de las destrezas precisas para ejercitar un oficio, un modo de desenvolverse en la vida, en el mundo del trabajo, mercado, negocio. Puede ocurrir así con la matemática aplicada, con la ejecución musical, aunque quizás no con su composición (¿escribió Bach lo que compuso por ser un asalariado? ¿Mozart para llenar un puchero? Parece que no). 

No sucede así en cambio con el material filosófico, ético o cognitivo. ¿Qué vale la reflexión kantiana sobre la síntesis a priori o la doctrina aristotélica del motor inmóvil? Cuando vemos a Wittgenstein alejarse camino de su cabaña noruega podemos intuir que la actividad del auténtico filósofo no tiene nada que ver con los índices de impacto de las revistas científicas, ni con la aplicación práctica (la patente) de (a modo de ejemplo) las investigaciones filosóficas. Aunque también se puede suponer que si no cobran es porque no lo necesitan, por estar cubiertos por el mecenazgo, por una institución que cuida de ellos, por la fortuna familiar (Steiner cita bajo este supuesto a Schopenhauer). 


Los hombres normales dependen en cambio de la mensualidad de la nómina, y por lo tanto deben enseñar bien en una universidad (con lo que supone de trabajo académico que asegura que se valore la propia tarea aunque suponga «renunciar al árbol verde de la vida»), bien en una escuela secundaria (impartiendo materias que no son las suyas, que no les interesan; con la atención puesta más en la disciplina que en el cultivo de la verdad; con la decepción repetida ante la apatía del alumnado o la violencia). De algo hay que vivir, aunque, ¿no supone la presencia de esa necesidad una traición al significado esencial de la tarea que se tiene entre manos? En este punto Steiner muestra toda la brillantez de su percepción sobre la labor del educador: «La auténtica enseñanza es una vocación. Es una llamada». El maestro es, en tantas tradiciones, alguien que merece ser venerado, porque en sus manos está la capacidad de entregar a la siguiente generación un testimonio lleno de sentido. De ese modo, el maestro es tal no en virtud de un contrato o de un sueldo, sino por una verdadera vocación que, como el profeta, responde a la citación con un «¿Por qué me llamas, qué quieres que haga?» (p. 25), y que a menudo se interpreta como un peso, invariablemente como un gran encargo. Ahora bien, el don supone responsabilidad: hay que hacer fructificar los propios talentos, más en la medida en que han sido recibidos no para el enaltecimiento propio sino con el fin de mejorar lo que nos rodea. En ese sentido se puede decir que un verdadero profesor ha tomado unos votos, ha ejecutado un juramento hipocrático, que le hace responsable de quienes pasen por su aula, por sus manos (como el alfarero forma el barro, él da formación a los alumnos), sin poder conformarse con las barreras propias de los horarios, convenios, rutinas y sueldos. ¿Decir esto es idealismo? Probablemente, pero esta vez avalado por Steiner (y por Sócrates, Platón, Séneca... hasta nuestros días). 

«Enseñar con seriedad es poner las manos en lo que tiene de más vital un ser humano. Es buscar acceso a la carne viva, a lo más íntimo de la integridad de un niño o de un adulto. U n maestro invade, irrumpe, puede arrasar con el fin de limpiar y reconstruir» (p. 26). A la contra, el falso maestro lleva a cabo una tarea devastadora, como la lleva la reducción utilitarista del saber (hacer cosas, ¿comprenderlas?, ¿comprenderse?), la mediocridad de miras o la desesperanza porque se supone que del mundo nada se puede cambiar, que así de mal está todo, y se piensa que llenar de ilusiones de conocimiento la cabeza de los jóvenes lleva a una corrupción mayor que la que consigue la presencia cotidiana de lo erótico, de lo gris, de la violencia. «La mala enseñanza es, casi literalmente, asesina y, metafóricamente, un pecado. Disminuye al alumno, reduce a la gris inanidad el motivo que se presenta. Instila en la sensibilidad del niño o del adulto el más corrosivo de los ácidos, el aburrimiento, el gas metano del hastío. Millones de personas han matado las matemáticas, la poesía, el pensamiento lógico con una enseñanza muerta y con la vengativa mediocridad, acaso subconsciente, de unos pedagogos frustrados» (p. 26). 

Lo desalentador del caso podría ser constatar cómo esta situación es lo corriente, la norma de conducta. Quizás haya más artistas geniales que maestros, que buenos profesores. Encima los primeros pueden llegar a contar con el reconocimiento de la sociedad, del mercado (centenario de Mozart, de Cervantes, Chaplin o Picasso). Los segundos realizan en cambio una tarea en la que no cae en la cuenta casi nadie: los padres quieren conocer las notas medias, no lo que han aprendido sus hijos; los adolescentes aceptan como debido a ellos, como algo natural, cualquier servicio, incluso el lujo impagable de la enseñanza viva; los colegas no es raro que se dejen llevar por la envidia o la murmuración; en fin, el mismo profesor cae en la apatía cansada de quien lleva demasiados años experimentando que se encuentra solo, o por su calidad docente le viene como reconocimiento el mayor de los horrores, un cargo de gestión o directivo, que le aparta de la tarea en la que precisamente había alcanzado esa infrecuente excelencia. Steiner no es optimista, si bien sabemos que no se aleja de la realidad: «La mayoría de aquellos a quienes confiamos a nuestros hijos en la enseñanza secundaria, a quienes acudimos en busca de guía y ejemplo, son unos sepultureros más o menos afables» (p. 27). No tienen pasión, no la transmiten, no la pretenden. Prefieren compartir la mediocridad, «no "abren Delfos" sino que lo cierran». 

Y sin embargo hay excepciones, y resulta que escondidos profesores o profesoras de enseñanzas medias, una promoción tras otra (aunque a veces el fracaso pueda ser total) logran que alguno de los muchachos o muchachas que pasan por sus manos despierten al don que poseen, que duerme en ellos. U n maestro es aquel «que pone una obsesión en el camino de sus alumnos», logrando transmitir la invitación a que piensen por sí mismos, a que afronten de verdad la vida desde la perspectiva de una personalidad propia, no masificada, «prestándoles un libro, quedándose después de clase, dispuestos a que vayan a buscarlos» y, yo añado, decididos a ir en su busca. En esta perspectiva la enseñanza se convierte en una vocación, en una realidad hermosa. Y la presencia de estas ideas basta para agradecer a George Steiner la publicación de su libro. JAVIER ARANGUREN Publicadoen Humanidades, Educación | discípulo | educación | enseñar | maestro | sabiduría July 2006 - Nueva Revista número 106 http://www.nuevarevista.net/articulos/lecciones-de-los-maestros

sábado, 18 de febrero de 2017

PORQUE PARECE MENTIRA LA VERDAD NUNCA SE SABE de Daniel Sada



Hoy os invito a seiscientas páginas endiabladamente difíciles de leer: «Porque parece mentira la verdad nunca se sabe» de Daniel Sada (1999) Por tanto se trata, en apariencia, de una invitación al exilio de los libros. Es una invitación que encierra, no lo negaré, una pequeña dosis de provocación paradójica: os invito a un libro y os conduzco al abandono de su lectura. 

Mas nada ha de asombrarnos, se lee poco o nada. No tenemos tiempo... A decir verdad somos los actores de un esperpento en el que pareciera que se deseara ejecutar al tiempo... Matarlo de aburrimiento con explicaciones analfabetas alfabetizadas, rápidas, obvias, concretas, informáticas, virtuales y técnicamente mediocres. 

 Pero Daniel Sada es la antítesis de lo vernáculo, de lo irreflexivo, del alfabetismo funcional sea éste virtual o no. De reprocharle algo a Sada, le reprocharía todo: escribir una novela genial donde el lenguaje inutiliza a la trama y a los personajes, donde el heroísmo de un novelista no deja hueco para el cretinaje, pues su tema es «la prosaica inutilidad de tantos empeños ciudadanos...» 

Y Sada logra escribir una novela política sin ideología... y sin política..., donde las segundas intenciones morales o punitivas, realistas o mitofágicas están ausentes... 

Naturalmente leí la novela en México. No estoy segura de haberla podido leer alejada de aquel infierno, que era el lugar de los hechos: todo ocurre durante los largos, oscuros y anodinos años del imperio del fraude electoral en México. 

Desconozco si cometí una locura, propia de ignorantes, al irrumpir en el apoteósico mundo de las palabras de Sada. No os ocultaré que varias veces estuve a punto de abandonarla, de saltarme párrafos, páginas, capítulos. Mas las palabras me sobornaban... 

 «Ay de aquel que no habla a solas ni siquiera a campo abierto. Ay de aquel que se emborracha con sus principios morales y les da vueltas y vueltas y no se ríe de sus vueltas» 

¡Dad vueltas y reíd! 

 Acaso lo más cercano a lo real es lo que debió ser y no lo que fue... 




LO QUE SE HA ESCRITO ACERCA DE LA OBRA 


 [...] Daniel Sada no puede rehuir la responsabilidad de haber escrito la novela más endiabladamente difícil de la literatura mexicana. Impone la feroz soberanía del lenguaje al grado que, más que desear lectores, los invita al exilio. La verosimilitud de ese infierno mexicano, acaso el único escrito este fin de siglo, está más allá del fin y de los medios, de la política y de la ética, al manifestarse en un concierto casi insoportable de palabras, palabras sometidas a todas las acepciones y las declinaciones, donde sólo la apariencia es vernácula, pues estamos ante la más "artística" de las prosas. Antes del romanticismo, el arte era esencialmente un método. En ese sentido hablo del arte de Daniel Sada, que sólo a él le pertenece, intransferible, sadeano. Creo que el crítico Ricardo Pohlenz lo definió mejor que yo: [...]Purista exacerbado, Sada se atiene a tan meticulosa tarea como joyero, se dedica a sacar brillo de los tedios y opacidades de las tramas mínimas de un villorrio remoto: los hombres comunes, con sus anhelos y mezquindades, sin mayor trascendencia que sus hálitos, sus miedos, su lugar en el entramado de los hechos, dado como una reivindicación (debemos decir resurrección) de lo moderno. [...] Afanado, captura al vuelo luces y desvaríos, vidas y milagros: tan despiadado como dicharachero, lúcido en un discurso que trenza habla popular con figuras barrocas, hace encomio de enseñanzas y moralejas, a la manera de Cervantes o Rabelais, con sobrentendidos que victiman prebendas y jerarquías. (El Ángel, suplemento cultural de Reforma, 4/VII/1999.) 

El reproche más cómodo sería censurar su extensión. Pero hacerlo exigiría demostrar que había otra economía formal factible para escribir esta novela. Y Daniel Sada tuvo tanta necesidad de sus seiscientas páginas como la tuvieron, al extenderse, Gertrude Stein en Ser norteamericanos, Thomas Wolfe en El tiempo y el río o Faulkner en tantas de sus parrafadas, para no hablar de José Lezama Lima o de Joao Guimaraes Rosa, sus maestros más directos. La extensión es el nervio de la retórica de Sada, capaz de asegurarnos que "vamos a adelantar un poco el tiempo, como si efectuáramos un viaje apócrifo, pero sólo con la mira de ver a vuelo de pájaro la retahíla de sucesos acaecida", es decir, que la cantidad de escritura será inversamente proporcional a la sucesión nimia de los hechos, y la materia novelesca requiere, como lo dictó Joyce, de dilatar hasta su exterminio el tiempo real. El fraude electoral en Remadrín, pueblucho del norteño estado de Capila en una república llamada Mágico, podría atraer al lector ávido de realismo mágico, receta actual del didactismo folclórico. La trampa de Sada, en cambio, nos enjaula en una realidad dominada por un rigor becketiano donde la trama y sus personajes, atentamente construidos, pierden toda escatología. Si habría que reprocharle algo a Sada, habría que reprocharle todo: escribir una novela donde el lenguaje inutiliza a la trama y a los personajes, donde el heroísmo de un novelista no deja cháchara para el cretinaje, pues su tema es la prosaica inutilidad de tantos empeños ciudadanos. Porque parece mentira la verdad nunca se sabe, novela cuya traducción a otra lengua sería un reto titánico, narra las malandanzas de un cacique, la aventura de los querellantes y de los esbirros entre la represión y la muerte, sus destierros fugaces en los Estados Unidos, los cadáveres en las cajuelas de los carros, la espera de un padre maldecido en el no-destino de Salomón y Papaías, sus hijos desaparecidos. Todo ocurre en la monotonía atroz de un viaje por el desierto durante los largos, oscuros y anodinos años del imperio del fraude electoral en México. Pero en nuestra literatura, la de La sombra del caudillo (1929) y de La muerte de Artemio Cruz (1962), Daniel Sada logró una hazaña retórica: escribir una novela política sin ideología... y sin política, donde las segundas intenciones morales o punitivas, realistas o mitofágicas están ausentes. La vesania convoca a las palabras y éstas se lamentan como un aullido de campesinos viejos, como aquellos que en el desierto de Coahuila se abrazaban en círculo para entonar el lúgubre cardenche. Ante ese canto hermético, sólo la constancia del oído permite la comprensión del valor sapiencial, desprovisto de pedagogía, que esta obra maestra ocultará al impaciente, como cuando se escucha la plegaria: "Ay de aquel que no habla a solas ni siquiera a campo abierto. Ay de aquel que se emborracha con sus principios morales y les da vueltas y vueltas y no se ríe de sus vueltas" 

O cuando Sada considera que: La culpa era el correlato de un castigo que si bien podría no ser sino idea o deseo que se prolonga y al cabo se desvanece, quedando así establecido que en principio para nadie sería fácil encontrarlo y capturarlo y, por ende[...] un inocente vislumbra las tragedias de este mundo como una triste ocurrencia si no de Dios, sí de El Diablo, o de los dos que, borrachos, hacen un pacto "por mientras" si no a lo tonto, sí rápido, en un sitio indefinido; y hasta se sienten amigos, pero no, o ¿qué decir? Porque parece mentira la verdad nunca se sabe es una novela tan importante como lo fue Al filo del agua (1947), de Agustín Yáñez. Mientras leía esa semejanza me asustaba, tanto por el ¿ingrato? olvido al que reducimos a Yáñez, como por la facilidad con que las conquistas extremas de Daniel Sada (Mexicali, 1953) serán digeridas por su heredad, que será inevitablemente más "artística" que metódica, más romántica que novelesca. 
Nosotros ya olvidamos las exigencias propuestas por Yáñez, porque Revueltas y Rulfo las tradujeron y las sublimaron. Y cerrando ese ciclo, Sada aparece como un autor que nos vuelve a arrancar de toda comodidad, en un fin de siglo donde reina, aun en las mentes más rigurosas, la tentación de la novela didáctica. Se nos recuerda, durante la proeza sadeana, que vivimos para escapar infructuosamente de esas sordas parvadas de pajarracos que sobrevuelan Remadrín, las palabras. 

 Ante cada uno de mis fastidios y de mis incomprensiones, la palpitación de la obra maestra me sobornaba. Tenía que ver la trama de esa palabrería como quien se empeña en mirar al sol con los ojos. Cuando quedé felizmente enceguecido, las tinieblas, con otras formas y colores, ocuparon el vacío y apareció el sentido. Ese gran lector de la tradición de la novela que es Daniel Sada me conmovió, rendido, ante el poder de su arte. 
Él, menos que nadie, podía olvidar la suprema eficacia de un final perfecto. Ahuyentados por un ejército de fantasmas, Trinidad y su esposa huyen de Remadrín hacia un verdadero hogar. Dejan clavado en la puerta un recado, indicándoles a sus hijos, desaparecidos políticos, dónde los esperan, porque están ciertos de su retorno. Si Pedro Páramo escenificó la fulminación del padre, medio siglo después Daniel Sada certifica la fuga sin fin de los hijos, condenados a errar tan muertos como esas palabras que les dieron vida y que vuelan por los desiertos en ese recado destinado a palidecer, empresa del lenguaje al fin y en principio [...] Christopher Domínguez Michael. http://www.letraslibres.com/mexico/libros/porque-parece-mentira-la-verdad-nunca-se-sabe-daniel-sada

martes, 24 de enero de 2017

EL FIN DE LOS SUEÑOS de Gabriella Campbell y José Antonio Cotrina


Hoy os invito a un libro de dos, un libro escrito a cuatro manos. Sí, ya sé que hay obras para piano interpretadas a cuatro manos (casi siempre por dos niñas repeinadas para la ocasión y ante personas adultas) obras, al cabo, aprendidas con la exactitud de la obligación tediosa. ¡Un tostón! Pero no me refiero a esa clase de escenografía de salón decimonónico ¡No! 

 Os invito a una manifestación de saber, saber hacer y saber estar. A una manifestación de dos... Me gustan las entregas de dos... Las vidas de dos... Los trabajos y los días de dos... 
A los autores los conozco. Los jóvenes, y no tan jóvenes, de mi familia, siguen a José Antonio Cotrina. Y a Gabriella Campbell la persigo, desde hace años, como editora, correctora, lectora y escritora ¿Acaso alguien no la sigue? 

 La cuestión es que os invito al «Fin de los Sueños», que es esa obra que llega, magistralmente, hasta donde los dos se ha propuesto que llegue. Y Campbell y Cotrina, lo consiguen. 
Nos provocan «un insomnio a dos», que más allá de adentrarnos por los vericuetos anestésicos de la locura, despiertan una «revolución onírica», que nos reclama, a su vez, hurgar en la fascinación y en el horror, de nuestra olvidada sensibilidad... 

Nos proponen hacerlo a golpes de monstruos (muy de Cotrina) a fin de rescatar nuestros propios sueños con sus pesadillas. No tomarlos prestados. 
Apartarnos de aquello y/o aquellos que nos obligan a dormir un sueño perverso, ancestral, rutinario, necesario y estéril. 

Atreveos! La «peste onírica» no comportará un problema para la Salud Pública, o tal vez sí... 

Disfrutad de la magia! 



LO QUE SE HA ESCRITO ACERCA DE LA OBRA

 «Ya no es necesario dormir más. En Ciudad Resurrección, tras la revolución onírica, lo que en un principio estaba destinado a hacer a los soldados perfectos y siempre alertas, se extendió a la población, donde se empezó a experimentar con esta tecnología. Pero a pesar de eliminar la necesidad de dormir, el cuerpo necesita soñar para mantenerse cuerdo, y fue así como surgieron los sueños «a la carta »: programas (bien creados por el gobierno o los llamados «artesanos») que daban al soñador el descanso necesario para mantenerse en condiciones y seguir adelante. 

Un mal llamado «peste onírica» y una chica capaz de manipular los sueños son los detonantes de esta historia, en la que Anna e Ismael serán el dúo protagonista de esta novela, aunque irán acompañados de un grupo de lo más variopinto. Narrado desde varios puntos de vista, El fin de los sueños nos sumerge en un mundo donde reina la tecnología y las diferencias sociales siguen presentes. Los autores ahondan en temas que pocas veces vemos en literatura juvenil (por considerarse tabú en su mayor parte), pero con el toque característico que solemos encontrar en los libros de Cotrina. Pero te tenemos que avisar, lector, de que si buscas algo tan denso como La canción secreta del mundo no lo vas a encontrar. 
La trama de El fin de los sueños sigue un camino más recto que la anterior novela de Cotrina, pero lo que sí encontraras son el tipo de escenas y monstruos a los que nos tiene tan bien acostumbrados. Espeluznante, paranoico e imaginativo. Los autores nos sumergen en un mundo donde el horror y la fascinación van de la mano. A Freddy Krueger le ha salido un competidor». 
Por Estefanía Moreno yorda(a)eltemplodelasmilpuertas(punto)com.

lunes, 19 de diciembre de 2016

OPINIONES DE UN PAYASO de Heinrich Böll



Hoy os invito a pasar el día hurgando en las “Opiniones de un payaso”, novela escrita por Heinrich Böll en 1963. Es un libro que me ha despertado sensaciones distintas y distantes y que no he sabido (o no he querido) adjetivar. 

Cuando llegó a mis manos por vez primera, era una joven estudiante de Filosofía y Letras, devoradora de todo aquello que prometía ser “sesudamente interesante”. De hecho, conformábamos un grupo – mezcla de soñadores, poetas, pintores y pedantes-, nos reuníamos en torno a este tipo de obras, convencidos de que, ellas y nosotros, cambiaríamos el mundo. Haríamos un mundo mejor, más humano. 

Sosteníamos que este tipo de lecturas eran necesarias para un debate “serio”. Vivíamos, ahora lo sabemos, alejados de las manifestaciones de manejo de masas, de la algarabía y de los griteríos de opiniones sin fuste. Decididamente éramos extremadamente presuntuosos. 

La frase: «Soy un payaso y colecciono momentos» llegó a ser una obsesión para el grupo. Con ella diseccionábamos la realidad -nuestra realidad de cristal- «Soy un payaso y colecciono momentos»… «Soy un payaso y colecciono momentos»… 

 En este otro tiempo, el de ahora, cuando he rescatado la novela del anonimato que otorga la segunda o tercera fila de un anaquel de mi biblioteca, dispersa y mermada por los prestamos (con promesas de devolución jamás cumplidas), me ha conmovido… 
He revisado lo subrayado en aquel entonces: 
«Los momentos no se pueden repetir ni comunicar»…
«Un payaso siempre ríe y llora por sí mismo»…

Y he estado de acuerdo con aquel grupo – de pedantes, pintores y poetas- y con aquella joven soñadora. Y os he invitado al festín de las opiniones del payaso de Böll. 

Os deseo que no confundáis la ocasión con el motivo... 

 Y, por favor, recordad que solo los payasos saben coleccionar momentos...








LO QUE SE HA ESCRITO ACERCA DE LA OBRA 

 […] Soy un payaso, de profesión designada oficialmente como ‘cómico’, no afiliado a ninguna Iglesia, de veintisiete años de edad, y uno de mis números se titula: la partida y la llegada, una larga (casi demasiado) pantomima, en la cual el espectador acaba confundiendo la llegada con la partida. Pág. 9 
 Un payaso que se da a la bebida cae más aprisa todavía de lo que un techador borracho cae. Pág. 11 
 Para un payaso que se aproxima a los cincuenta existen dos posibilidades nada más: el arroyo o el asilo. Pág. 14 
 Esta inquietud por el santo suelo alemán en cierto modo resulta cómica, cuando pienso que una buena parte de las acciones del lignito se hallan en manos de nuestra familia desde hace dos generaciones. Desde hace setenta años se benefician los Schnier de las torturas que debe sufrir el santo suelo alemán: aldeas, bosques, castillos, caen ante las excavadoras como las murallas de Jericó. Pág. 26 
 Yo creo que los vivos están muertos, y los muertos viven, pero no como lo creen los protestantes y los católicos. Pág. 31 
 Un farsante así ni siquiera necesita mentir para quedar siempre bien. Pág. 36 … todo el mundo es mirado desde afuera por los demás… Pág. 38 
 Es horrible lo que les pasa por la cabeza a los católicos. Ni siquiera pueden beber buen vino sin hacerse violencia, cueste lo que cueste han de tener ‘conciencia’ de cuán bueno es el vino, y por qué. En lo referente a la conciencia no les van a la zaga a los marxistas. Pág. 40 
 “Es cosa horrible la miseria, pero también resulta penoso malvivir, situación en la que se encuentran la mayoría de los hombres. Y ser rico, pregunté, ¿cómo es?” Me ruboricé. Me miró con acritud, se ruborizó también y dijo: “Joven, tu acabarás mal si no dejas de pensar. Si yo tuviese valor y creyese aún que se puede crear algo en este mundo, ¿sabes tú lo que haría yo?”. “No”, dije. “Fundaría”, dijo, y volvió a ruborizarse, “una asociación que cuidara de los hijos de la gente rica. Pero los imbéciles no encuentran asociales más que a los pobres”. Pág. 52 

 Ni el mismo diablo tiene ojos tan penetrantes como los vecinos. Pág. 56 “Deje de leer a San Agustín: la subjetividad hábilmente formulada hace tiempo que dejó se teología. No es más que periodismo con un par de elementos dialécticos. ¿No se toma a mal este consejo? Pág. 73 … los aplausos fueron tan tenues que oí el sonido de mi decadencia. Pág. 77 “Tal vez”, dijo, sin volverse, “tal vez tus oídos imaginan haber oído lo que tus ojos han visto”. Pág. 78 De repente se hizo un silencio absoluto, como cuando alguien se desangra. Ero era: una hemorragia de silencio. Pág. 93 “¿Y los ateos?”, seguía riéndose. “Me aburren porque siempre hablan de Dios”. Pág. 97 Yo creo que nadie en la vida comprende a un payaso, ni siquiera otro payaso, porque siempre entran en juego la envidia o la rivalidad. Pág. 98 Lo que un payaso necesita es paz, la ilusión que los demás llaman fiesta. Pág. 100 La fiesta del no artista coincide con el horario de trabajo de un payaso. Pág. 101 

 El sueño es algo así como una fiesta, una sublime afinidad entre el hombre y los animales, pero lo festivo del día de fiesta es el vivirlo conscientemente. Pág. 104 Para el público lo más deprimente es un payaso que inspira lástima. Es como un camarero que viniera en silla de ruedas a servirle a usted cerveza. Pág. 114 “Usted confunde la ocasión con el motivo”, dije. Pág. 128 Ambos estábamos muy perplejos. Entre padres e hijos la perplejidad parece ser la única posibilidad de comprensión. Tal vez mi saludo de «padre» sonó muy patético y acrecentó la perple¬jidad, ya de por sí inevitable. Mi padre, en su asiento de color de orín, miró meneando la cabeza mis zapatillas empapadas, mis calcetines mojados y el albornoz demasiado largo que pa¬ra colmo era de un rojo de fuego. Mi padre no es alto, es deli¬cado, y atildado con tan sabio descuido que las gentes de la te¬levisión se lo disputan siempre que se debate alguna cuestión económica. También irradia bondad y buen juicio, y ha llega-do a ser más famoso como astro de la televisión que como el Schnier del lignito. Odia cualquier matiz de brutalidad. Al ver¬le, uno esperaría que fumase cigarros, no gruesos, sino delgados y finos, pero que fume cigarrillos da la impresión, en un capi¬talista de casi setenta años, de gran elegancia e ideas avanza¬das. Comprendo que le hagan intervenir en todos los debates en que se trata de dinero. Se nota que no sólo irradia bondad, si¬ no que además es bondadoso. Le tendí los cigarrillos, le di fuego, y al inclinarme hacia él, dijo: «No sé gran cosa de pa¬yasos, pero sí algo. Que se bañen en café es nuevo para mí.» Sa¬be ser jocoso. «No me baño en café, padre», dije, «sólo quería prepararme café, pero lo he echado a perder». Pág. 142 «No es desorden», dije, «es una forma de descanso». Pág. 144 «Te parecerá estúpido seguramente», dijo, «si te hablo con solemnidad, pero, ¿sabes qué es lo que te falta? Te falta lo que ha¬ce hombre a un hombre: saber resignarse». Pág. 148 «¿Crees que me sentó bien cuando Leo me dijo que se hacía católico? Fue tan doloroso para mí como la muerte de Henriet¬te; no me habría dolido tanto si me hubiese dicho que se hacía comunista. Eso puedo concebirlo, que un joven albergue un fal¬so sueño de justicia social y todo eso. Pero aquello.» Pág. 148 «¿No te resulta aburrido no tener enemigos?» Pág. 150 La forma más barata del ascetismo es el hambre… Pág. 166 «Maldita sea, de niños sólo sabíamos que éramos muy ricos, muy ricos, pero de ese dinero no recibimos nada, ni siquiera comer lo que es debido» Pág. 167 Le explicaría al Papa que, en realidad mi matrimonio con Marie se había frustrado a causa del casamiento civil, y le rogaría que me considerase una especie de antípoda de Enrique VIII: éste había sido polígamos y creyente, yo era monógamo e infiel. Pág. 183 Lo que los demás llaman no ficción a mí me parece muy ficticio. Pág. 185 Mi rodilla se había hin¬chado tanto que el pantalón comenzaba a hacerse estrecho, tan fuerte era el dolor de cabeza que casi era sobrenatural: un dolor incesante e irresistible, en mi alma había más oscuridad que nunca, luego estaba la «concupiscencia carnal», y Maríe es¬taba en Roma. Yo la necesitaba, su piel, sus manos en mi pecho. Tengo, como Sommerwild expresó una vez, «una inclinación aguda y cierta hacia la belleza física», y me gusta ver a mi al-rededor mujeres bonitas, como mi vecina, la señora Grebsel, pe¬ro no experimentaba ninguna «concupiscencia carnal» por estas mujeres, y a la mayoría de las mujeres esto les ofende, aunque ellas, si yo sintiese deseos e intentase satisfacerlos, seguramen¬te llamarían a la policía. Es una historia complicada y cruel, eso de la concupiscencia de la carne, para los hombres no monóga¬mos es probable que sea una constante tortura, para los monó¬gamos como yo una continua coacción a una latente descorte¬sía, la mayoría de las mujeres en cierto modo se ofenden si no experimentan lo que ellas conocen por Eros. Pág. 186 El periódico de la tarde a veces alivia: me deja va¬cío como la televisión. Pág. 187 Ciertamente saben todos que un payaso debe ser melancólico, para ser un buen payaso, pero que para él la melancolía es una cosa muy seria, eso sí que no lo comprenden. Pág. 192 «Sí, la Iglesia es rica, tan rica que apesta. En realidad apesta a dinero, como el cadáver de un hombre rico. Los cadáveres de los pobres huelen bien, ¿lo sabía usted?» Pág. 197 Una mujer puede expresar o fingir tanto con sus manos, que a mí las manos de un hombre me pare¬cen tacos de madera encolados. Las manos de hombre sirven pa¬ra dar apretones de manos, para castigar, naturalmente para disparar y para firmar. Estrechar las manos, castigar, disparar, firmar cheques cruzados, esto es todo lo que pueden hacer las manos de los hombres y, naturalmente, trabajar. Las manos de las mujeres casi dejan de ser manos: tanto si extienden mante¬quilla sobre el pan como si separan los cabellos de la frente. Ningún teólogo ha tenido nunca la idea de predicar sobre las ma¬nos de las mujeres en el Evangelio: Verónica, Magdalena, María y Marta; nada más que manos de mujeres en el Evangelio, que prodigaron caricias a Cristo. En lugar de esto, predican sobre le¬yes, normas disciplinarias, arte, estado. Cristo sólo se ha rela-cionado, por así decirlo, privadamente, casi con mujeres nada más. Natura1mente que necesitaba hombres, porque suponían, cómo Kalick, una relación con el Poder, sentido de la organiza¬ción y demás zarandajas. Necesitaba hombres, así como en un cambio de domicilio se requieren transportistas de muebles, pa¬ra los trabajos rudos, y Pedro y Juan fueron tan amables, que casi no fueron hombres, mientras que Pablo fue tan viril como correspondía a un romano. Pág. 204 Una vez discutí con Kinkel sobre el concepto que él tenía del «sueldo mini-mo». Kinkel pasaba por ser uno de los más geniales especialis¬tas en tales temas, y creo que se habló del sueldo mínimo para una persona que vive sola en una capital, no contando el alquiler, fijándolo en un principio en ochenta y cuatro marcos, y más tarde en ochenta y seis. No quise, en modo alguno, oponerle la objeción de que él mismo, a juzgar por aquella irritante anéc¬dota que él nos contó, sostuvo por sueldo mínimo suyo, uno treinta y cinco veces superior a aquél. Tales objeciones pasan por demasiado personales y de mal gusto, pero el mal gusto con¬siste en calcular así el sueldo mínimo de los demás. Pág. 217 Una vez preparé un número bastante largo, «El general», lo ensayé mucho tiempo, y cuando lo representé obtuvo lo que en nuestro mundo se llama un éxito: es decir, una parte del públi¬co rióse, otra parte se enfadó. Cuando después de la función, con el pecho hinchado de orgullo, entré en el guardarropa, me es¬peraba una anciana, muy pequeña. Después de cada actuación estoy siempre irritado, sólo puedo soportar a Marie a mí alrede¬dor, pero Marie había dejado entrar a la anciana en mi guar¬darropa. Comenzó a hablar antes de que yo cerrase la puerta y me explicó que también su marido había sido general, que ha¬bía caído en el frente y que con anterioridad le había escrito a ella una carta rogándole que no aceptase ninguna pensión. «Aún es usted muy joven», dijo, «pero es lo suficientemente adulto pa¬ra comprenderlo», y después salió. Desde aquel momento ya no pude volver a representar el número del general. La llama¬da Prensa de izquierdas escribió de ello que yo me había deja¬do intimidar por los reaccionarios, la Prensa de derechas escri¬bió que yo había comprendido al fin que hacía el juego al Este, y la Prensa independiente escribió que era evidente que yo ha¬bía renegado de todo extremismo y de todo compromiso. Todo pamplinas. No pude representar más aquel número porque ya siempre tendría que pensar en aquella anciana pequeñita, que es probable que viviese miserablemente, entre la burla y la mofa de todos. Cuando no encuentro gusto en una cosa, dejo de hacerla, lo cual, para ser explicado a un periodista, es probable ¬que sea muy complicado. Ellos deben siempre «presentir» algo, «darles en la nariz», y existe el tipo muy frecuente de periodis¬ta malicioso que nunca se da cuenta de que él mismo no es nin¬gún artista y ni siquiera tiene madera para ser un buen mecenas. Aquí falló naturalmente el olfato, y se dicen disparates, casi siempre en presencia de muchachas bonitas que aún son lo bas¬tante ingenuas para contemplar con admiración a aquel chapu¬cero, sólo porque él, en su periódico, tiene su «camarilla» y su «influencia». Existen formas de prostitución curiosamente des¬conocidas, comparadas con las cuales la auténtica prostitución es una profesión honrada: aquí por lo menos se ofrece algo por el dinero. 223-224 Hasta este camino, el de buscar consuelo en el amor merce¬nario, me estaba vedado: no tenía dinero. Pág. 224 Ah, en Italia por lo visto hasta los cardenales son de "buena familia".» Sencillamente encantador. Pág. 224 «Aquí no estás en tu casa», una afirmación triplemente gratuita, porque se parte del supuesto de que uno se comporta en casa igual que un cerdo, que uno sólo se encuentra a gusto cuando se comporta como un cerdo y que uno, por ser niño, no debe estar a sus anchas a ningún precio. Pág. 226 

 Es enojo tener padres ricos, y más enojoso aún si uno no ha sacado nada de riqueza. Pág. 228 No había que poner muchas esperanzas en Leo, tenía curiosas ideas sobre el dinero, como una monja sobre el «amor conyugal» Pág. 229 Naturalmente, podía acogerme al seno de la Iglesia protestante. Sólo que al pensar en tal seno me estremezco de frío. Al pecho de Lutero si me hubiese acogido, pero al de la Iglesia protestante no. Pág. 229 Se rumorea por la ciudad, señora mía, que usted deja que sus niños anden desnudos. Es demasiado. Y una vez al hablar, se descubrió usted con imprudencia: dijo que quería a «un hom¬bre», en vez de decir a «mi marido». Se rumorea también que us¬ted se sonríe ante el resentimiento sordo que aquí alimentan todos contra ese viejo carcamal político que nunca acaba de mar-charse. A usted le parece que todos son como él, con menos des¬caro. Todos se creen imprescindibles. Todos leen novelas poli¬cíacas. Y claro que es una pena que las tapas de las novelas policíacas no encajen en los pisos decorados con tanto gusto. Los daneses han olvidado extender su estilo a las tapas de las no¬velas policíacas. Los finlandeses serán más listos, y ofrecerán so¬brecubiertas por el estilo de sillas, sillones, copas y ollas. Hasta en casa de Blothert se encuentran novelas policíacas; no estaban bastante escondidas aquella noche en que registraron la casa. Siempre a oscuras, señora mía, en el cine y en la iglesia, a os¬curas en la sala oyendo música sacra, siempre huyendo de la cla¬ridad de las pistas de tenis. Muchos susurros. Las confesiones de treinta y cuarenta minutos en la catedral. Indignación apenas disimulada en los rostros de los que aguardan. Dios mío, ¿qué pe¬cados tendrá que confesar?: tiene el más encantador, guapo y hon¬rado marido. Bonísima persona. Una hijita encantadora, dos coches. Irritada impaciencia detrás de la reja, el inacabable susurro que va y viene sobre el amor, el matrimonio, el deber, el amor, y por último la pregunta: «Pero si ni siquiera se entibia su fe, ¿por qué sufre usted, hija mía?» Tú no puedes expresar, ni siquiera pensar, lo que yo sé. Su¬fres por un payaso, de profesión designada oficialmente como «cómico», no afiliado a ninguna iglesia. Pág. 230-231 Me miré en el espejo: mis ojos estaban completamente vacíos, por primera vez no tuve necesidad de vaciármelos antes de pasar media hora mi¬rándome al espejo y haciendo gimnasia facial. Era el rostro de un suicida, y cuando comencé a maquillarme mi rostro era el de un muerto. Me extendí vaselina por toda la cara y desgarré un tubo de maquillaje blanco que estaba medio seco, extraje lo que pude y me teñí del todo blanco: ningún trazo negro, ni un punto rojo, todo blanco, incluso las cejas. Encima, el pelo parecía una peluca; la boca no maquillada era oscura, casi azul; los ojos, azul claro como un cielo de verano, vacíos como los de un cardenal que se niega a reconocer que hace tiempo que ha perdido la fe. Pág. 232 Lo malo era que yo no podía engañar a Edgar, con él no podía fingir. Yo era el único testigo de que él había verdaderamente corrido los cien metros en 10,1 segundos, y él era de los pocos que siempre me aceptaron tal como soy, a quienes me mostraba tal como soy. Él no depositaba su fe más que en determinadas personas; los de¬más creían en algo más que en las personas: en Dios, en el di¬nero abstracto, en el Estado y en Alemania. Edgar no. Pág. 233 Un artista tiene siempre la muerte a mano, como un buen cura su breviario. Pág. 239 A los ricos les regalan más cosas que a los pobres, y lo que tienen que comprar casi siempre lo obtienen más barato: mamá tiene todo un catálogo de mayoristas, y la creo capaz de conseguir incluso los sellos de correo con rebaja. Pág. 243 «Dice el Papa Juan: No votes Por la democristiandad. Mira que la caridad Consiste en no hacer más pobres» La costumbre profesional es la mejor protección: sólo para aficionados y para santos hay cuestiones de vida o muerte. Pág. 252 Con el almohadón bajo el bra¬zo izquierdo y la guitarra bajo el derecho, me encaminé una vez más a la estación. Noté los primeros indicios de que estábamos en el momento del año que aquí llaman «de los locos». Un jo¬ven borracho y disfrazado de Fidel Castro quiso empujarme, pe¬ro le esquivé. En la escalera de la estación aguardaba un grupo de toreros y de mujeres con mantilla. Había olvidado que está¬bamos en carnaval. Tanto mejor. Un profesional pasa inadver¬tido entre aficionados. Puse el almohadón en el tercer peldaño, me senté, me quité el sombrero y coloqué dentro el pitillo, no del todo en el centro ni tampoco a un lado, como si lo hubieran dejado caer desde arriba, y me puse a cantar Dice el Papa Juan. Nadie se fijó en mí, ni tampoco me convenía: al cabo de dos, tres horas empezarían a fijarse. Me interrumpí al oír dentro los altavoces. Anunciaban la llegada de un tren de Hamburgo, y seguí cantando. Me sobresalté cuando cayó la primera mone¬da en el sombrero: era de diez pfennigs, y dio en el pitillo y lo desvió demasiado a un lado. Volví a ponerlo en su sitio y seguí cantando. Pág. 254[…] Publicado hace 16th June 2011 por Wilder Buleje. 

 […] «Soy un payaso y colecciono momentos» con estas palabras se describe a sí mismo Hans Schnier, un artista venido a menos, destruido por la pérdida de un horizonte social y personal que le es tan ajeno como la felicidad que le ha sido vetada. Narrada en primera persona, Opiniones de un payaso es la obra con la que Heinrich Böll (Premio Nobel de Literatura 1972) se situó definitivamente en el centro de la conciencia alemana, no solamente de la literaria sino sobre todo de la moral, política y religiosa. Católico ferviente, Böll se sintió obligado a manifestar su repugnancia ante las formas de adulteración y perversión que ciertos elementos representativos del catolicismo alemán creyeron conveniente adoptar con el fin de defender posiciones del poder político. A través de la irónica, inconformista, y a la vez conmovedora historia de «su payaso» Böll quiso devolver al catolicismo la conciencia de su espiritualidad y de sus deberes con las personas y sus humildes y patéticas pasiones individuales. Humor y ternura convierten estas páginas en el magistral retrato de una sociedad hipócrita y materialista, en una crítica feroz capaz de sobrecoger al admirado lector. No en vano ha sido éste uno de los mayores best-sellers de la literatura alemana de posguerra; no en vano es, hoy en día, un clásico imprescindible.[…]

sábado, 26 de noviembre de 2016

EL OFICIO DE VIVIR de Cesare Pavese


Hoy os invito a leer un diario; irrumpiremos, por tanto, en material sensible: en Pavese y en «El oficio de vivir». Cada uno de nosotros se detendrá en una entrada, en aquello que el autor dejó escrito un día cualquiera; en definitiva, en aquello que pensaba y sentía una persona frente al abismo de sus días. 

Trataremos de advertir, irremisiblemente, lo que existe de nosotros mismos en sus palabras, aquello que habita entre la dermis y la epidermis de nuestra vida. Y, con esa necesaria inclinación al consuelo, dejaremos de pensar sobre renglones apriorísticos. 

Ahondar en algo tan intimo, como un diario, nos producirá pudor y, por ello, lo haremos con la reverencia de las acciones ilógicas. Y así, entre la inquietud y la confusión, caeremos en la cuenta de que la certeza de nuestros abismos también está en aquello que no nos permitimos pensar, ni decir, ni siquiera ese amar sublime, ajeno a cualquier intención volitiva. Porque «en cuestión de amores no se toleran más que los propios». 

El 20 de abril escribía Pavese: « Si tengo hoy clara una cosa, es ésta: cada putada que me han hecho, se ha originado en mi voluptuoso abandono a lo absoluto, a lo desconocido, a lo inconsistente. No he comprendido aún en qué consiste lo trágico de la existencia, aún no me he convencido. Y sin embargo, está muy claro: es preciso vencer el abandono voluptuoso, dejar de considerar los estados de ánimo como fines en sí» 

Y el 10 de noviembre escribió : «¿Por qué pido siempre a mis poesías un contenido exhaustivo, moral, juzgador? ¿ Yo, a quien no le convence que el hombre juzgue al hombre? Mi pretensión no es sino un vulgar deseo de echar mi cuarto a espadas. Lo cual dista mucho de la administración de la justicia. ¿Hago yo justicia en mi vida? ¿Me importa algo la justicia en las humanas cosas? y entonces, ¿por qué la pretendo pronunciada en las poéticas?» 

 Os deseo suerte en esta travesía por los Mares del Sur de Pavese... Porque entre proezas y oscuridades, todos, sin excepción, vamos escribiendo nuestro particular cuaderno de bitácora. 


 LO QUE SE HA ESCRITO ACERCA DEL AUTOR Y DE SU OBRA

 Sin duda, fue una de las grandes figuras literarias e intelectuales de la primera mitad del siglo XX. Cesare Pavese, de cuyo suicidio se cumplen hoy 65 años, fue novelista, poeta y crítico. Su obra cumbre, su diario autobiográfico «El oficio de vivir», puede considerarse una de las más certeras obras de los últimos cien años para entender los sinvivires y las angustias, los sueños y las pesadillas del hombre contemporáneo. 

Pavese, licenciado en Filología Inglesa por la Universidad de Turín, se inició en el mundo literario como traductor de autores norteamericanos como Sherwood Anderson, Gertrude Stein, John Steinbeck y Ernest Hemingway, a la vez que empezaba a desarrollar una importante labor como crítico literario, labor que desarrollaría durante toda su vida a un nivel repleto de excelencia y sagaces comentarios. Eran los años treinta, el joven Pavese, nacido el 9 de septiembre de 1908, en unión de Giulio Einaudi y su amigo Leone Ginzburg, compañero del colegio, ponen en marcha la editorial Einaudi, que será una referencia de la cultura europea en los próximos decenios. En 1935, será detenido por el régimen fascista de Mussolini, debido a sus escritos contra el régimen. En 1936, publica un magnífico poemario, «Trabajar cansa» (1936), pero cuando es llamado a filas decide refugiarse en casa de su hermana. 

Durante la Segunda Guerra Mundial, mientras muchos de sus compañeros deciden alistarse en la Resistencia, él apenas se compromete, lo que le amargaría durante toda su vida, ya que muchos de sus compañeros morirían en combate o asesinados por los nazis. Eso, unido al trauma de la temprana muerte de su padre, cuando Cesare Pavese tan sólo tenía seis años, y sus infructuosas relaciones con las mujeres (amores no correspondidos) y su desánimo depresivo de por vida le llevarían al suicido en un hotel turinés el 27 de agosto de 1950. Pasados ya sesenta y cinco años de su trágica y desoladora muerte ya se puede mirar su obra literaria, que sobre todo en el terreno narrativo, puede que haya quedado un tanto anticuada. 

Enjaezada en el neorrealismo, sus novelas no siguen tan en pie como los clásicos cinematográficos de ese estilo, como «El Ladrón de bicicletas», de De Sica, «Roma, ciudad abierta», de Rossellini, «Arroz amargo», de De Santis, o «Rocco y sus hermanos», de Visconti. Sin embargo, su obra poética, circunscrita tan sólo a dos libros, «Trabajar cansa» y «Vendrá la muerte y tendrá tus ojos», es extraordinaria, y en concreto, el poema que da título al segundo libro citado es uno de los más conmovedores de la poesía. Escribió Pavese: «Uno no se mata por el amor de una mujer. Uno se mata porque un amor, cualquier amor, nos revela nuestra desnudez, nuestra miseria, nuestro desamparo, la nada». 

MANUEL DE LA FUENTE - Madrid26/08/2015 17:59h - Actualizado: 27/08/2015 13:16h. http://www.abc.es/cultura/libros/20150826/abci-literatura-cesare-pavese-oficio-201508261759.html

viernes, 28 de octubre de 2016

VIAJE AL FIN DE LA NOCHE de Louis-Ferdinand Céline



Hoy os invito a un viaje con Céline, por tanto se trata de un viaje acelerado, salvaje, violento, desabrido y enfermizo. Al cabo, es un viaje al fin de la noche... ¿Aceptáis? ¡Pues adelante! "Viaje al fin de la noche" se publicó en 1932. Mas no temáis, su itinerario sigue siendo muy frecuentado, casi tanto como un local de moda. 

Nos adentraremos en las esquinas, caminos y atajos que las personas recorremos en nuestras vidas, aunque algunos tramos tengamos que hacerlos a pie o junto a una metáfora, para sobrevivir. Finalmente éste, nuestro viaje, nos arrojará una certeza: «que el ser humano y sus miserias son iguales en todas las partes del mundo, por lo que la esperanza de escapar a nuestra propia realidad es más bien escasa». 

 Nos reconoceremos en unos vicios que, si bien se narran como propios de una época ya pasada, han sabido, sin embargo, perpetuarse y extenderse hasta pisar nuestra sombra...  Y como todo viaje que se precie, y el nuestro se precia, no acaba en el camino, por el contrario, nos dejará impresiones y fatigas suficientes para reflexionar sobre las «veleidades de una sociedad preconcebida para unos pocos afortunados y en la que el resto de los mortales debe transigir con la precariedad...» 

 Allí, en ese cavilar del después, seremos unos críticos descarnados con esta sociedad que ha desposeído al individuo de sus lógicas personales para ser o entender la felicidad, adjudicándole unas «razones espurias que sólo pretenden proteger y perpetuar un orden establecido que, en modo alguno, beneficia a ese individuo tan sutilmente expoliado». 

Pese a todo, en este viaje de «las oportunidades», nuestra oportunidad consistirá en comprender la realidad de nuestra propia nulidad: la vida se nos presentará anodina y advertiremos, que así vivida, no vale nada. 

Será el momento de levantarnos y arremeter contra esa sombra maldita que siempre nos acompaña. Tras ese acto de arrojo, las demagogias quedarán en dirección opuesta. 

 ¡Y, ahora ya sí, nuestras vidas tendrá la osadía que nuestras propias lógicas y nuestros propios actos le otorguen! 

¡Se trata tan solo de una sombra...!

¡Valor! 

 LO QUE SE HA ESCRITO ACERCA DE LA OBRA 

«Original, satírico y subyugante es este clásico de necesaria lectura, que en 1932 publicó Luis-Ferdinand Céline. Una novela que propone un viaje por las principales aventuras que el siglo XX proporcionó al hombre: la guerra, la vida en las colonias y la emigración a Norteamérica. Viaje que arroja la única enseñanza de que el ser humano y sus miserias son iguales en todas las partes del mundo, por lo que la esperanza de escapar a nuestra propia realidad es más bien escasa. 

“Viaje al fin de la noche” recoge la epopeya de Ferdinand, un joven que será herido en la I Guerra Mundial, desempeñará un cargo en una empresa ubicada en las colonias francesas del África Subsahariana, intentará hacer realidad aquello de “el gran sueño americano” y regresará a Francia a ejercer la medicina en un humilde barrio parisino. Sorprende de esta novela la lucidez con la que Ferdinand señala unos vicios que, si bien se narran como característicos de una época que ya queda muy lejana, han sabido perpetuarse y acrecentarse hasta la presente. 

De ello se desprende la evidencia de la contemporaneidad de una obra que, casi un siglo después, sigue invitando a reflexionar sobre las veleidades de una sociedad pensada para unos pocos afortunados y en la que el resto debe conformarse con la precariedad. Ferdinand toma por primera vez conciencia de esa realidad al alistarse como voluntario para combatir en la Gran Guerra. El horror del frente pronto pone de manifiesto en él lo que no es sino instinto de conservación. El joven no quiere morir destrozado por un obús, pero se le anima o coacciona a ello desde todas las instancias: quien alude al valor, quien al patriotismo, quien directamente a la amenaza de un juicio sumarísimo por deserción. De esta manera Ferdinand descubre que los mismos que jamás arriesgarían la vida, le exigen que entregue la suya para defender unos intereses de los que él nada obtendrá. 
Esta situación se repetirá cuando, escapando de la guerra, consiga un puesto en la administración de una compañía que opera en algún lugar perdido de África. Allí la vida de los hombres nuevamente vale menos que el caucho que deben obtener de los nativos, y la de los nativos no vale nada. Si se sucumbe a la fiebre o a alguno de los peligros de la selva, pronto aparece un nuevo desgraciado que sustituya al anterior. La estancia en Estados Unidos le confirma la realidad de su nulidad como hombre: sin contactos y sin relaciones, la vida de un hombre anodino tampoco vale nada en la tierra de las oportunidades. 

Sin embargo, en Norteamérica han inventado un buen sistema para que la gente de a pie sienta algo parecido a la felicidad, un sucedáneo que les anime a continuar un día más: el entretenimiento. Ferdinand lo descubre bajo la forma del cine y, aunque eficaz, a veces el propio usuario ha de aumentar la dosis del narcótico para que no se levante el velo que mantiene viva la ilusión. 

La vuelta a Francia y el acontecer de los hechos que como médico de un barrio pobre de París, y más tarde como asistente en una casa de salud mental, se desarrollan en la segunda parte de la novela, son tal vez menos interesantes. Aunque el desencanto de Ferdinand sigue actuando como un filtro entre él y su entorno, la inercia parece apoderarse de él, que se abandona con indiferencia al devenir de los días. 

Siendo como es esta segunda parte menos corrosiva, menos crítica, no resta interés al conjunto de “Viaje al fin de la noche”, que se presenta como una novela que propone una crítica descarnada a una sociedad que ha arrebatado al individuo sus razones personales para ser feliz, entregándole a cambio unas razones espurias que sólo pretenden proteger y perpetuar un orden establecido que, desde luego, no beneficia a ese individuo tan sutilmente expoliado». Por Sra. Castro. SOLODELIBROS -
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