lunes, 19 de diciembre de 2016

OPINIONES DE UN PAYASO de Heinrich Böll



Hoy os invito a pasar el día hurgando en las “Opiniones de un payaso”, novela escrita por Heinrich Böll en 1963. Es un libro que me ha despertado sensaciones distintas y distantes y que no he sabido (o no he querido) adjetivar. 

Cuando llegó a mis manos por vez primera, era una joven estudiante de Filosofía y Letras, devoradora de todo aquello que prometía ser “sesudamente interesante”. De hecho, conformábamos un grupo – mezcla de soñadores, poetas, pintores y pedantes-, nos reuníamos en torno a este tipo de obras, convencidos de que, ellas y nosotros, cambiaríamos el mundo. Haríamos un mundo mejor, más humano. 

Sosteníamos que este tipo de lecturas eran necesarias para un debate “serio”. Vivíamos, ahora lo sabemos, alejados de las manifestaciones de manejo de masas, de la algarabía y de los griteríos de opiniones sin fuste. Decididamente éramos extremadamente presuntuosos. 

La frase: «Soy un payaso y colecciono momentos» llegó a ser una obsesión para el grupo. Con ella diseccionábamos la realidad -nuestra realidad de cristal- «Soy un payaso y colecciono momentos»… «Soy un payaso y colecciono momentos»… 

 En este otro tiempo, el de ahora, cuando he rescatado la novela del anonimato que otorga la segunda o tercera fila de un anaquel de mi biblioteca, dispersa y mermada por los prestamos (con promesas de devolución jamás cumplidas), me ha conmovido… 
He revisado lo subrayado en aquel entonces: 
«Los momentos no se pueden repetir ni comunicar»…
«Un payaso siempre ríe y llora por sí mismo»…

Y he estado de acuerdo con aquel grupo – de pedantes, pintores y poetas- y con aquella joven soñadora. Y os he invitado al festín de las opiniones del payaso de Böll. 

Os deseo que no confundáis la ocasión con el motivo... 

 Y, por favor, recordad que solo los payasos saben coleccionar momentos...








LO QUE SE HA ESCRITO ACERCA DE LA OBRA 

 […] Soy un payaso, de profesión designada oficialmente como ‘cómico’, no afiliado a ninguna Iglesia, de veintisiete años de edad, y uno de mis números se titula: la partida y la llegada, una larga (casi demasiado) pantomima, en la cual el espectador acaba confundiendo la llegada con la partida. Pág. 9 
 Un payaso que se da a la bebida cae más aprisa todavía de lo que un techador borracho cae. Pág. 11 
 Para un payaso que se aproxima a los cincuenta existen dos posibilidades nada más: el arroyo o el asilo. Pág. 14 
 Esta inquietud por el santo suelo alemán en cierto modo resulta cómica, cuando pienso que una buena parte de las acciones del lignito se hallan en manos de nuestra familia desde hace dos generaciones. Desde hace setenta años se benefician los Schnier de las torturas que debe sufrir el santo suelo alemán: aldeas, bosques, castillos, caen ante las excavadoras como las murallas de Jericó. Pág. 26 
 Yo creo que los vivos están muertos, y los muertos viven, pero no como lo creen los protestantes y los católicos. Pág. 31 
 Un farsante así ni siquiera necesita mentir para quedar siempre bien. Pág. 36 … todo el mundo es mirado desde afuera por los demás… Pág. 38 
 Es horrible lo que les pasa por la cabeza a los católicos. Ni siquiera pueden beber buen vino sin hacerse violencia, cueste lo que cueste han de tener ‘conciencia’ de cuán bueno es el vino, y por qué. En lo referente a la conciencia no les van a la zaga a los marxistas. Pág. 40 
 “Es cosa horrible la miseria, pero también resulta penoso malvivir, situación en la que se encuentran la mayoría de los hombres. Y ser rico, pregunté, ¿cómo es?” Me ruboricé. Me miró con acritud, se ruborizó también y dijo: “Joven, tu acabarás mal si no dejas de pensar. Si yo tuviese valor y creyese aún que se puede crear algo en este mundo, ¿sabes tú lo que haría yo?”. “No”, dije. “Fundaría”, dijo, y volvió a ruborizarse, “una asociación que cuidara de los hijos de la gente rica. Pero los imbéciles no encuentran asociales más que a los pobres”. Pág. 52 

 Ni el mismo diablo tiene ojos tan penetrantes como los vecinos. Pág. 56 “Deje de leer a San Agustín: la subjetividad hábilmente formulada hace tiempo que dejó se teología. No es más que periodismo con un par de elementos dialécticos. ¿No se toma a mal este consejo? Pág. 73 … los aplausos fueron tan tenues que oí el sonido de mi decadencia. Pág. 77 “Tal vez”, dijo, sin volverse, “tal vez tus oídos imaginan haber oído lo que tus ojos han visto”. Pág. 78 De repente se hizo un silencio absoluto, como cuando alguien se desangra. Ero era: una hemorragia de silencio. Pág. 93 “¿Y los ateos?”, seguía riéndose. “Me aburren porque siempre hablan de Dios”. Pág. 97 Yo creo que nadie en la vida comprende a un payaso, ni siquiera otro payaso, porque siempre entran en juego la envidia o la rivalidad. Pág. 98 Lo que un payaso necesita es paz, la ilusión que los demás llaman fiesta. Pág. 100 La fiesta del no artista coincide con el horario de trabajo de un payaso. Pág. 101 

 El sueño es algo así como una fiesta, una sublime afinidad entre el hombre y los animales, pero lo festivo del día de fiesta es el vivirlo conscientemente. Pág. 104 Para el público lo más deprimente es un payaso que inspira lástima. Es como un camarero que viniera en silla de ruedas a servirle a usted cerveza. Pág. 114 “Usted confunde la ocasión con el motivo”, dije. Pág. 128 Ambos estábamos muy perplejos. Entre padres e hijos la perplejidad parece ser la única posibilidad de comprensión. Tal vez mi saludo de «padre» sonó muy patético y acrecentó la perple¬jidad, ya de por sí inevitable. Mi padre, en su asiento de color de orín, miró meneando la cabeza mis zapatillas empapadas, mis calcetines mojados y el albornoz demasiado largo que pa¬ra colmo era de un rojo de fuego. Mi padre no es alto, es deli¬cado, y atildado con tan sabio descuido que las gentes de la te¬levisión se lo disputan siempre que se debate alguna cuestión económica. También irradia bondad y buen juicio, y ha llega-do a ser más famoso como astro de la televisión que como el Schnier del lignito. Odia cualquier matiz de brutalidad. Al ver¬le, uno esperaría que fumase cigarros, no gruesos, sino delgados y finos, pero que fume cigarrillos da la impresión, en un capi¬talista de casi setenta años, de gran elegancia e ideas avanza¬das. Comprendo que le hagan intervenir en todos los debates en que se trata de dinero. Se nota que no sólo irradia bondad, si¬ no que además es bondadoso. Le tendí los cigarrillos, le di fuego, y al inclinarme hacia él, dijo: «No sé gran cosa de pa¬yasos, pero sí algo. Que se bañen en café es nuevo para mí.» Sa¬be ser jocoso. «No me baño en café, padre», dije, «sólo quería prepararme café, pero lo he echado a perder». Pág. 142 «No es desorden», dije, «es una forma de descanso». Pág. 144 «Te parecerá estúpido seguramente», dijo, «si te hablo con solemnidad, pero, ¿sabes qué es lo que te falta? Te falta lo que ha¬ce hombre a un hombre: saber resignarse». Pág. 148 «¿Crees que me sentó bien cuando Leo me dijo que se hacía católico? Fue tan doloroso para mí como la muerte de Henriet¬te; no me habría dolido tanto si me hubiese dicho que se hacía comunista. Eso puedo concebirlo, que un joven albergue un fal¬so sueño de justicia social y todo eso. Pero aquello.» Pág. 148 «¿No te resulta aburrido no tener enemigos?» Pág. 150 La forma más barata del ascetismo es el hambre… Pág. 166 «Maldita sea, de niños sólo sabíamos que éramos muy ricos, muy ricos, pero de ese dinero no recibimos nada, ni siquiera comer lo que es debido» Pág. 167 Le explicaría al Papa que, en realidad mi matrimonio con Marie se había frustrado a causa del casamiento civil, y le rogaría que me considerase una especie de antípoda de Enrique VIII: éste había sido polígamos y creyente, yo era monógamo e infiel. Pág. 183 Lo que los demás llaman no ficción a mí me parece muy ficticio. Pág. 185 Mi rodilla se había hin¬chado tanto que el pantalón comenzaba a hacerse estrecho, tan fuerte era el dolor de cabeza que casi era sobrenatural: un dolor incesante e irresistible, en mi alma había más oscuridad que nunca, luego estaba la «concupiscencia carnal», y Maríe es¬taba en Roma. Yo la necesitaba, su piel, sus manos en mi pecho. Tengo, como Sommerwild expresó una vez, «una inclinación aguda y cierta hacia la belleza física», y me gusta ver a mi al-rededor mujeres bonitas, como mi vecina, la señora Grebsel, pe¬ro no experimentaba ninguna «concupiscencia carnal» por estas mujeres, y a la mayoría de las mujeres esto les ofende, aunque ellas, si yo sintiese deseos e intentase satisfacerlos, seguramen¬te llamarían a la policía. Es una historia complicada y cruel, eso de la concupiscencia de la carne, para los hombres no monóga¬mos es probable que sea una constante tortura, para los monó¬gamos como yo una continua coacción a una latente descorte¬sía, la mayoría de las mujeres en cierto modo se ofenden si no experimentan lo que ellas conocen por Eros. Pág. 186 El periódico de la tarde a veces alivia: me deja va¬cío como la televisión. Pág. 187 Ciertamente saben todos que un payaso debe ser melancólico, para ser un buen payaso, pero que para él la melancolía es una cosa muy seria, eso sí que no lo comprenden. Pág. 192 «Sí, la Iglesia es rica, tan rica que apesta. En realidad apesta a dinero, como el cadáver de un hombre rico. Los cadáveres de los pobres huelen bien, ¿lo sabía usted?» Pág. 197 Una mujer puede expresar o fingir tanto con sus manos, que a mí las manos de un hombre me pare¬cen tacos de madera encolados. Las manos de hombre sirven pa¬ra dar apretones de manos, para castigar, naturalmente para disparar y para firmar. Estrechar las manos, castigar, disparar, firmar cheques cruzados, esto es todo lo que pueden hacer las manos de los hombres y, naturalmente, trabajar. Las manos de las mujeres casi dejan de ser manos: tanto si extienden mante¬quilla sobre el pan como si separan los cabellos de la frente. Ningún teólogo ha tenido nunca la idea de predicar sobre las ma¬nos de las mujeres en el Evangelio: Verónica, Magdalena, María y Marta; nada más que manos de mujeres en el Evangelio, que prodigaron caricias a Cristo. En lugar de esto, predican sobre le¬yes, normas disciplinarias, arte, estado. Cristo sólo se ha rela-cionado, por así decirlo, privadamente, casi con mujeres nada más. Natura1mente que necesitaba hombres, porque suponían, cómo Kalick, una relación con el Poder, sentido de la organiza¬ción y demás zarandajas. Necesitaba hombres, así como en un cambio de domicilio se requieren transportistas de muebles, pa¬ra los trabajos rudos, y Pedro y Juan fueron tan amables, que casi no fueron hombres, mientras que Pablo fue tan viril como correspondía a un romano. Pág. 204 Una vez discutí con Kinkel sobre el concepto que él tenía del «sueldo mini-mo». Kinkel pasaba por ser uno de los más geniales especialis¬tas en tales temas, y creo que se habló del sueldo mínimo para una persona que vive sola en una capital, no contando el alquiler, fijándolo en un principio en ochenta y cuatro marcos, y más tarde en ochenta y seis. No quise, en modo alguno, oponerle la objeción de que él mismo, a juzgar por aquella irritante anéc¬dota que él nos contó, sostuvo por sueldo mínimo suyo, uno treinta y cinco veces superior a aquél. Tales objeciones pasan por demasiado personales y de mal gusto, pero el mal gusto con¬siste en calcular así el sueldo mínimo de los demás. Pág. 217 Una vez preparé un número bastante largo, «El general», lo ensayé mucho tiempo, y cuando lo representé obtuvo lo que en nuestro mundo se llama un éxito: es decir, una parte del públi¬co rióse, otra parte se enfadó. Cuando después de la función, con el pecho hinchado de orgullo, entré en el guardarropa, me es¬peraba una anciana, muy pequeña. Después de cada actuación estoy siempre irritado, sólo puedo soportar a Marie a mí alrede¬dor, pero Marie había dejado entrar a la anciana en mi guar¬darropa. Comenzó a hablar antes de que yo cerrase la puerta y me explicó que también su marido había sido general, que ha¬bía caído en el frente y que con anterioridad le había escrito a ella una carta rogándole que no aceptase ninguna pensión. «Aún es usted muy joven», dijo, «pero es lo suficientemente adulto pa¬ra comprenderlo», y después salió. Desde aquel momento ya no pude volver a representar el número del general. La llama¬da Prensa de izquierdas escribió de ello que yo me había deja¬do intimidar por los reaccionarios, la Prensa de derechas escri¬bió que yo había comprendido al fin que hacía el juego al Este, y la Prensa independiente escribió que era evidente que yo ha¬bía renegado de todo extremismo y de todo compromiso. Todo pamplinas. No pude representar más aquel número porque ya siempre tendría que pensar en aquella anciana pequeñita, que es probable que viviese miserablemente, entre la burla y la mofa de todos. Cuando no encuentro gusto en una cosa, dejo de hacerla, lo cual, para ser explicado a un periodista, es probable ¬que sea muy complicado. Ellos deben siempre «presentir» algo, «darles en la nariz», y existe el tipo muy frecuente de periodis¬ta malicioso que nunca se da cuenta de que él mismo no es nin¬gún artista y ni siquiera tiene madera para ser un buen mecenas. Aquí falló naturalmente el olfato, y se dicen disparates, casi siempre en presencia de muchachas bonitas que aún son lo bas¬tante ingenuas para contemplar con admiración a aquel chapu¬cero, sólo porque él, en su periódico, tiene su «camarilla» y su «influencia». Existen formas de prostitución curiosamente des¬conocidas, comparadas con las cuales la auténtica prostitución es una profesión honrada: aquí por lo menos se ofrece algo por el dinero. 223-224 Hasta este camino, el de buscar consuelo en el amor merce¬nario, me estaba vedado: no tenía dinero. Pág. 224 Ah, en Italia por lo visto hasta los cardenales son de "buena familia".» Sencillamente encantador. Pág. 224 «Aquí no estás en tu casa», una afirmación triplemente gratuita, porque se parte del supuesto de que uno se comporta en casa igual que un cerdo, que uno sólo se encuentra a gusto cuando se comporta como un cerdo y que uno, por ser niño, no debe estar a sus anchas a ningún precio. Pág. 226 

 Es enojo tener padres ricos, y más enojoso aún si uno no ha sacado nada de riqueza. Pág. 228 No había que poner muchas esperanzas en Leo, tenía curiosas ideas sobre el dinero, como una monja sobre el «amor conyugal» Pág. 229 Naturalmente, podía acogerme al seno de la Iglesia protestante. Sólo que al pensar en tal seno me estremezco de frío. Al pecho de Lutero si me hubiese acogido, pero al de la Iglesia protestante no. Pág. 229 Se rumorea por la ciudad, señora mía, que usted deja que sus niños anden desnudos. Es demasiado. Y una vez al hablar, se descubrió usted con imprudencia: dijo que quería a «un hom¬bre», en vez de decir a «mi marido». Se rumorea también que us¬ted se sonríe ante el resentimiento sordo que aquí alimentan todos contra ese viejo carcamal político que nunca acaba de mar-charse. A usted le parece que todos son como él, con menos des¬caro. Todos se creen imprescindibles. Todos leen novelas poli¬cíacas. Y claro que es una pena que las tapas de las novelas policíacas no encajen en los pisos decorados con tanto gusto. Los daneses han olvidado extender su estilo a las tapas de las no¬velas policíacas. Los finlandeses serán más listos, y ofrecerán so¬brecubiertas por el estilo de sillas, sillones, copas y ollas. Hasta en casa de Blothert se encuentran novelas policíacas; no estaban bastante escondidas aquella noche en que registraron la casa. Siempre a oscuras, señora mía, en el cine y en la iglesia, a os¬curas en la sala oyendo música sacra, siempre huyendo de la cla¬ridad de las pistas de tenis. Muchos susurros. Las confesiones de treinta y cuarenta minutos en la catedral. Indignación apenas disimulada en los rostros de los que aguardan. Dios mío, ¿qué pe¬cados tendrá que confesar?: tiene el más encantador, guapo y hon¬rado marido. Bonísima persona. Una hijita encantadora, dos coches. Irritada impaciencia detrás de la reja, el inacabable susurro que va y viene sobre el amor, el matrimonio, el deber, el amor, y por último la pregunta: «Pero si ni siquiera se entibia su fe, ¿por qué sufre usted, hija mía?» Tú no puedes expresar, ni siquiera pensar, lo que yo sé. Su¬fres por un payaso, de profesión designada oficialmente como «cómico», no afiliado a ninguna iglesia. Pág. 230-231 Me miré en el espejo: mis ojos estaban completamente vacíos, por primera vez no tuve necesidad de vaciármelos antes de pasar media hora mi¬rándome al espejo y haciendo gimnasia facial. Era el rostro de un suicida, y cuando comencé a maquillarme mi rostro era el de un muerto. Me extendí vaselina por toda la cara y desgarré un tubo de maquillaje blanco que estaba medio seco, extraje lo que pude y me teñí del todo blanco: ningún trazo negro, ni un punto rojo, todo blanco, incluso las cejas. Encima, el pelo parecía una peluca; la boca no maquillada era oscura, casi azul; los ojos, azul claro como un cielo de verano, vacíos como los de un cardenal que se niega a reconocer que hace tiempo que ha perdido la fe. Pág. 232 Lo malo era que yo no podía engañar a Edgar, con él no podía fingir. Yo era el único testigo de que él había verdaderamente corrido los cien metros en 10,1 segundos, y él era de los pocos que siempre me aceptaron tal como soy, a quienes me mostraba tal como soy. Él no depositaba su fe más que en determinadas personas; los de¬más creían en algo más que en las personas: en Dios, en el di¬nero abstracto, en el Estado y en Alemania. Edgar no. Pág. 233 Un artista tiene siempre la muerte a mano, como un buen cura su breviario. Pág. 239 A los ricos les regalan más cosas que a los pobres, y lo que tienen que comprar casi siempre lo obtienen más barato: mamá tiene todo un catálogo de mayoristas, y la creo capaz de conseguir incluso los sellos de correo con rebaja. Pág. 243 «Dice el Papa Juan: No votes Por la democristiandad. Mira que la caridad Consiste en no hacer más pobres» La costumbre profesional es la mejor protección: sólo para aficionados y para santos hay cuestiones de vida o muerte. Pág. 252 Con el almohadón bajo el bra¬zo izquierdo y la guitarra bajo el derecho, me encaminé una vez más a la estación. Noté los primeros indicios de que estábamos en el momento del año que aquí llaman «de los locos». Un jo¬ven borracho y disfrazado de Fidel Castro quiso empujarme, pe¬ro le esquivé. En la escalera de la estación aguardaba un grupo de toreros y de mujeres con mantilla. Había olvidado que está¬bamos en carnaval. Tanto mejor. Un profesional pasa inadver¬tido entre aficionados. Puse el almohadón en el tercer peldaño, me senté, me quité el sombrero y coloqué dentro el pitillo, no del todo en el centro ni tampoco a un lado, como si lo hubieran dejado caer desde arriba, y me puse a cantar Dice el Papa Juan. Nadie se fijó en mí, ni tampoco me convenía: al cabo de dos, tres horas empezarían a fijarse. Me interrumpí al oír dentro los altavoces. Anunciaban la llegada de un tren de Hamburgo, y seguí cantando. Me sobresalté cuando cayó la primera mone¬da en el sombrero: era de diez pfennigs, y dio en el pitillo y lo desvió demasiado a un lado. Volví a ponerlo en su sitio y seguí cantando. Pág. 254[…] Publicado hace 16th June 2011 por Wilder Buleje. 

 […] «Soy un payaso y colecciono momentos» con estas palabras se describe a sí mismo Hans Schnier, un artista venido a menos, destruido por la pérdida de un horizonte social y personal que le es tan ajeno como la felicidad que le ha sido vetada. Narrada en primera persona, Opiniones de un payaso es la obra con la que Heinrich Böll (Premio Nobel de Literatura 1972) se situó definitivamente en el centro de la conciencia alemana, no solamente de la literaria sino sobre todo de la moral, política y religiosa. Católico ferviente, Böll se sintió obligado a manifestar su repugnancia ante las formas de adulteración y perversión que ciertos elementos representativos del catolicismo alemán creyeron conveniente adoptar con el fin de defender posiciones del poder político. A través de la irónica, inconformista, y a la vez conmovedora historia de «su payaso» Böll quiso devolver al catolicismo la conciencia de su espiritualidad y de sus deberes con las personas y sus humildes y patéticas pasiones individuales. Humor y ternura convierten estas páginas en el magistral retrato de una sociedad hipócrita y materialista, en una crítica feroz capaz de sobrecoger al admirado lector. No en vano ha sido éste uno de los mayores best-sellers de la literatura alemana de posguerra; no en vano es, hoy en día, un clásico imprescindible.[…]

sábado, 26 de noviembre de 2016

EL OFICIO DE VIVIR de Cesare Pavese


Hoy os invito a leer un diario; irrumpiremos, por tanto, en material sensible: en Pavese y en «El oficio de vivir». Cada uno de nosotros se detendrá en una entrada, en aquello que el autor dejó escrito un día cualquiera; en definitiva, en aquello que pensaba y sentía una persona frente al abismo de sus días. 

Trataremos de advertir, irremisiblemente, lo que existe de nosotros mismos en sus palabras, aquello que habita entre la dermis y la epidermis de nuestra vida. Y, con esa necesaria inclinación al consuelo, dejaremos de pensar sobre renglones apriorísticos. 

Ahondar en algo tan intimo, como un diario, nos producirá pudor y, por ello, lo haremos con la reverencia de las acciones ilógicas. Y así, entre la inquietud y la confusión, caeremos en la cuenta de que la certeza de nuestros abismos también está en aquello que no nos permitimos pensar, ni decir, ni siquiera ese amar sublime, ajeno a cualquier intención volitiva. Porque «en cuestión de amores no se toleran más que los propios». 

El 20 de abril escribía Pavese: « Si tengo hoy clara una cosa, es ésta: cada putada que me han hecho, se ha originado en mi voluptuoso abandono a lo absoluto, a lo desconocido, a lo inconsistente. No he comprendido aún en qué consiste lo trágico de la existencia, aún no me he convencido. Y sin embargo, está muy claro: es preciso vencer el abandono voluptuoso, dejar de considerar los estados de ánimo como fines en sí» 

Y el 10 de noviembre escribió : «¿Por qué pido siempre a mis poesías un contenido exhaustivo, moral, juzgador? ¿ Yo, a quien no le convence que el hombre juzgue al hombre? Mi pretensión no es sino un vulgar deseo de echar mi cuarto a espadas. Lo cual dista mucho de la administración de la justicia. ¿Hago yo justicia en mi vida? ¿Me importa algo la justicia en las humanas cosas? y entonces, ¿por qué la pretendo pronunciada en las poéticas?» 

 Os deseo suerte en esta travesía por los Mares del Sur de Pavese... Porque entre proezas y oscuridades, todos, sin excepción, vamos escribiendo nuestro particular cuaderno de bitácora. 


 LO QUE SE HA ESCRITO ACERCA DEL AUTOR Y DE SU OBRA

 Sin duda, fue una de las grandes figuras literarias e intelectuales de la primera mitad del siglo XX. Cesare Pavese, de cuyo suicidio se cumplen hoy 65 años, fue novelista, poeta y crítico. Su obra cumbre, su diario autobiográfico «El oficio de vivir», puede considerarse una de las más certeras obras de los últimos cien años para entender los sinvivires y las angustias, los sueños y las pesadillas del hombre contemporáneo. 

Pavese, licenciado en Filología Inglesa por la Universidad de Turín, se inició en el mundo literario como traductor de autores norteamericanos como Sherwood Anderson, Gertrude Stein, John Steinbeck y Ernest Hemingway, a la vez que empezaba a desarrollar una importante labor como crítico literario, labor que desarrollaría durante toda su vida a un nivel repleto de excelencia y sagaces comentarios. Eran los años treinta, el joven Pavese, nacido el 9 de septiembre de 1908, en unión de Giulio Einaudi y su amigo Leone Ginzburg, compañero del colegio, ponen en marcha la editorial Einaudi, que será una referencia de la cultura europea en los próximos decenios. En 1935, será detenido por el régimen fascista de Mussolini, debido a sus escritos contra el régimen. En 1936, publica un magnífico poemario, «Trabajar cansa» (1936), pero cuando es llamado a filas decide refugiarse en casa de su hermana. 

Durante la Segunda Guerra Mundial, mientras muchos de sus compañeros deciden alistarse en la Resistencia, él apenas se compromete, lo que le amargaría durante toda su vida, ya que muchos de sus compañeros morirían en combate o asesinados por los nazis. Eso, unido al trauma de la temprana muerte de su padre, cuando Cesare Pavese tan sólo tenía seis años, y sus infructuosas relaciones con las mujeres (amores no correspondidos) y su desánimo depresivo de por vida le llevarían al suicido en un hotel turinés el 27 de agosto de 1950. Pasados ya sesenta y cinco años de su trágica y desoladora muerte ya se puede mirar su obra literaria, que sobre todo en el terreno narrativo, puede que haya quedado un tanto anticuada. 

Enjaezada en el neorrealismo, sus novelas no siguen tan en pie como los clásicos cinematográficos de ese estilo, como «El Ladrón de bicicletas», de De Sica, «Roma, ciudad abierta», de Rossellini, «Arroz amargo», de De Santis, o «Rocco y sus hermanos», de Visconti. Sin embargo, su obra poética, circunscrita tan sólo a dos libros, «Trabajar cansa» y «Vendrá la muerte y tendrá tus ojos», es extraordinaria, y en concreto, el poema que da título al segundo libro citado es uno de los más conmovedores de la poesía. Escribió Pavese: «Uno no se mata por el amor de una mujer. Uno se mata porque un amor, cualquier amor, nos revela nuestra desnudez, nuestra miseria, nuestro desamparo, la nada». 

MANUEL DE LA FUENTE - Madrid26/08/2015 17:59h - Actualizado: 27/08/2015 13:16h. http://www.abc.es/cultura/libros/20150826/abci-literatura-cesare-pavese-oficio-201508261759.html

viernes, 28 de octubre de 2016

VIAJE AL FIN DE LA NOCHE de Louis-Ferdinand Céline



Hoy os invito a un viaje con Céline, por tanto se trata de un viaje acelerado, salvaje, violento, desabrido y enfermizo. Al cabo, es un viaje al fin de la noche... ¿Aceptáis? ¡Pues adelante! "Viaje al fin de la noche" se publicó en 1932. Mas no temáis, su itinerario sigue siendo muy frecuentado, casi tanto como un local de moda. 

Nos adentraremos en las esquinas, caminos y atajos que las personas recorremos en nuestras vidas, aunque algunos tramos tengamos que hacerlos a pie o junto a una metáfora, para sobrevivir. Finalmente éste, nuestro viaje, nos arrojará una certeza: «que el ser humano y sus miserias son iguales en todas las partes del mundo, por lo que la esperanza de escapar a nuestra propia realidad es más bien escasa». 

 Nos reconoceremos en unos vicios que, si bien se narran como propios de una época ya pasada, han sabido, sin embargo, perpetuarse y extenderse hasta pisar nuestra sombra...  Y como todo viaje que se precie, y el nuestro se precia, no acaba en el camino, por el contrario, nos dejará impresiones y fatigas suficientes para reflexionar sobre las «veleidades de una sociedad preconcebida para unos pocos afortunados y en la que el resto de los mortales debe transigir con la precariedad...» 

 Allí, en ese cavilar del después, seremos unos críticos descarnados con esta sociedad que ha desposeído al individuo de sus lógicas personales para ser o entender la felicidad, adjudicándole unas «razones espurias que sólo pretenden proteger y perpetuar un orden establecido que, en modo alguno, beneficia a ese individuo tan sutilmente expoliado». 

Pese a todo, en este viaje de «las oportunidades», nuestra oportunidad consistirá en comprender la realidad de nuestra propia nulidad: la vida se nos presentará anodina y advertiremos, que así vivida, no vale nada. 

Será el momento de levantarnos y arremeter contra esa sombra maldita que siempre nos acompaña. Tras ese acto de arrojo, las demagogias quedarán en dirección opuesta. 

 ¡Y, ahora ya sí, nuestras vidas tendrá la osadía que nuestras propias lógicas y nuestros propios actos le otorguen! 

¡Se trata tan solo de una sombra...!

¡Valor! 

 LO QUE SE HA ESCRITO ACERCA DE LA OBRA 

«Original, satírico y subyugante es este clásico de necesaria lectura, que en 1932 publicó Luis-Ferdinand Céline. Una novela que propone un viaje por las principales aventuras que el siglo XX proporcionó al hombre: la guerra, la vida en las colonias y la emigración a Norteamérica. Viaje que arroja la única enseñanza de que el ser humano y sus miserias son iguales en todas las partes del mundo, por lo que la esperanza de escapar a nuestra propia realidad es más bien escasa. 

“Viaje al fin de la noche” recoge la epopeya de Ferdinand, un joven que será herido en la I Guerra Mundial, desempeñará un cargo en una empresa ubicada en las colonias francesas del África Subsahariana, intentará hacer realidad aquello de “el gran sueño americano” y regresará a Francia a ejercer la medicina en un humilde barrio parisino. Sorprende de esta novela la lucidez con la que Ferdinand señala unos vicios que, si bien se narran como característicos de una época que ya queda muy lejana, han sabido perpetuarse y acrecentarse hasta la presente. 

De ello se desprende la evidencia de la contemporaneidad de una obra que, casi un siglo después, sigue invitando a reflexionar sobre las veleidades de una sociedad pensada para unos pocos afortunados y en la que el resto debe conformarse con la precariedad. Ferdinand toma por primera vez conciencia de esa realidad al alistarse como voluntario para combatir en la Gran Guerra. El horror del frente pronto pone de manifiesto en él lo que no es sino instinto de conservación. El joven no quiere morir destrozado por un obús, pero se le anima o coacciona a ello desde todas las instancias: quien alude al valor, quien al patriotismo, quien directamente a la amenaza de un juicio sumarísimo por deserción. De esta manera Ferdinand descubre que los mismos que jamás arriesgarían la vida, le exigen que entregue la suya para defender unos intereses de los que él nada obtendrá. 
Esta situación se repetirá cuando, escapando de la guerra, consiga un puesto en la administración de una compañía que opera en algún lugar perdido de África. Allí la vida de los hombres nuevamente vale menos que el caucho que deben obtener de los nativos, y la de los nativos no vale nada. Si se sucumbe a la fiebre o a alguno de los peligros de la selva, pronto aparece un nuevo desgraciado que sustituya al anterior. La estancia en Estados Unidos le confirma la realidad de su nulidad como hombre: sin contactos y sin relaciones, la vida de un hombre anodino tampoco vale nada en la tierra de las oportunidades. 

Sin embargo, en Norteamérica han inventado un buen sistema para que la gente de a pie sienta algo parecido a la felicidad, un sucedáneo que les anime a continuar un día más: el entretenimiento. Ferdinand lo descubre bajo la forma del cine y, aunque eficaz, a veces el propio usuario ha de aumentar la dosis del narcótico para que no se levante el velo que mantiene viva la ilusión. 

La vuelta a Francia y el acontecer de los hechos que como médico de un barrio pobre de París, y más tarde como asistente en una casa de salud mental, se desarrollan en la segunda parte de la novela, son tal vez menos interesantes. Aunque el desencanto de Ferdinand sigue actuando como un filtro entre él y su entorno, la inercia parece apoderarse de él, que se abandona con indiferencia al devenir de los días. 

Siendo como es esta segunda parte menos corrosiva, menos crítica, no resta interés al conjunto de “Viaje al fin de la noche”, que se presenta como una novela que propone una crítica descarnada a una sociedad que ha arrebatado al individuo sus razones personales para ser feliz, entregándole a cambio unas razones espurias que sólo pretenden proteger y perpetuar un orden establecido que, desde luego, no beneficia a ese individuo tan sutilmente expoliado». Por Sra. Castro. SOLODELIBROS -

martes, 20 de septiembre de 2016

LOS MONEDEROS FALSOS de André Gide




Proponer a Gide, podría suponer, a primera vista, un desafío; dado que fue considerado como "un inmoral hedonista y como un rebelde". Mas no es esta mi intención al invitaros a "Los monederos falsos", publicada en 1925. "Los monederos falsos es el grito de sinceridad de una pandilla de adolescentes en una época de cómodas mentiras". 

"Es un libro polifónico, caleidoscópico, geométrico, con múltiples facetas… Hay 35 personajes —colegiales, universitarios, escritores, chicas, chicos— que se entrecruzan en París y buscan todos lo mismo: huir de un destino tan marcado que parece dinero falso" 

Os invito a una novela en donde los temas tratados se alejan de la narrativa lineal y en donde todos y cada uno de ellos, son asuntos que existen en nuestra sociedad actual, globalizada, ecológica y virtual. 
Hace años que leí la novela, tantos que el ejemplar que conservo en mi hoy mermada biblioteca, merced a la falta de espacio, está subrayado a lápiz y con anotaciones por doquier. Gide me fascinó, debo admitirlo sin ambages. 

 Y me fascinó porque percibí que era un escritor libre, el más libre de su tiempo. Y que su obra era un canto a la libertad. Por aquel entonces, y ahora también, consideraba y considero la libertad como un logro al que acceden, con esfuerzo, las personas dignas. Por tanto no puede, en modo alguno, ser la libertad algo panfletario. Y para Gide, en mi opinión, no lo era. 

En "Los monederos falsos" nos deja solos ante un destino que no entendemos, que odiamos porque parece dinero falso, pero, al cabo, dinero de curso legal... 

 Deseo que la novela, casi un siglo después de su publicación, os adentre en lo que somos y en lo que por ser, hacemos u omitimos. 

Dejaos pensar, no os llevará demasiado tiempo. O tal vez os lleve un tiempo que tenéis en desuso. 

Quizás no os apetezca "retuitear" ese modo de "dejarse pensar"; sin embargo podréis compartir vuestra reflexiones sin redes sociales, como los acróbatas valientes. 

¡Salto mortal! 




LO QUE SE HA ESCRITO ACERCA DE LA NOVELA 


 "Los monederos falsos es un himno a la libertad. Libertad en la forma, libertad en el fondo. Cuando Gide murió, Sartre (en Les temps modernes) y Camus (en Combat) se pusieron por fin de acuerdo y admitieron que Gide era el escritor más libre de su siglo. 

 La novela cuenta la historia de un joven escritor, Bernardo Profitendieu, que acaba de descubrir que no vive con su verdadero padre. En un acto de rebeldía y resentimiento decide irse de la casa. Allí comienza la historia que se entrecruza con los relatos del diario de Eduardo, un escritor maduro a quien Bernardo le roba la valija y hermanastro de la madre de Oliverio, su amigo entrañable. Eduardo es amigo de Laura, amante de Vicente, este —a su vez—, hermano de Oliverio. Laura, casada con un hombre mediocre, se encuentra embarazada y abandonada. Bernardo observa su propia historia.Sin embargo, es más benévolo frente a su reproducción. 

Los monederos falsos es un relato de relatos. Los personajes se relacionan unos con otros, las historias se entrecruzan para construir una novela rica en sucesos, y personajes. Uno de los relatos que más llama la atención es el de Boris, un joven huérfano a quienes sus compañeros llevan al suicidio en un macabro juego. Bernardo y Oliverio se convierten poco a poco en adultos. Su amistad se ve afectada por los celos. Eduardo convierte a Oliverio en su amante y esto afecta a Bernardo. Las relaciones homosexuales entre los personajes a veces es explícita, como la mencionada, otras, poco clara. Todo esto es, sin duda, un reflejo del homosexualismo confeso de André Gide. 

Al final de la obra, Bernardo vuelve con su padre, quien se encuentra enfermo. La narración podría seguir, como sigue la vida misma, pero la novela debe concluir. Los monederos falsos es un libro complejo e infinito que vale la pena leer"  Ligia Pérez de Pineda

jueves, 4 de agosto de 2016

LOS MISERABLES de Victor Hugo



Hoy os invito a desprenderos de los agobios, de las prisas y de las algarabías, os invito a adoptar una predisposición especial, os invito a instalaros en un «dejarse llevar…» Os invito a una de mis novelas preferidas, una voluminosa narración plagada de excelentes personajes -marginados, depravados, verdugos, víctimas-, que hacen todo lo que pueden para sobrevivir en un contexto histórico zafio, desalmado y hostil. 

Os invito a «Los Miserables» porque al volver a sus páginas, después de muchos años, las he encontrado de plena actualidad. 

Es seguro que la mayoría de vosotros habéis leído la novela, en algún momento de vuestras vidas, o visionado alguna adaptación cinematográfica e, incluso, hayáis asistido a la representación del musical. Aún así «Los Miserables» os dará, siempre, nuevas claves para entender la deconstrucción de nuestro mundo, porque es una novela crítica, de denuncia social, que busca el perdón y la redención del ser humano hasta las últimas consecuencias. 
Los personajes, magistralmente descritos, son tipos que nos podemos encontrar hoy día a nuestro alrededor, en cualquier esquina de nuestra existencia. 

Leedla con sosiego, repensad las frases que aluden a los sentimientos más nobles aun mezclándose con la mezquindad. Dejad que os duela la condena por la comisión de un delito menor- delitos cometidos para llevarse un trozo de pan a la boca-, que, a su vez, encadenan con quebrantamientos de condena desesperados… Sin posibilidad de reinserción, sin posibilidad de vivir dignamente... 

Porque esta novela acerca de los miserables, se adentra en el abismo de los sentimientos encontrados, en la sordidez, en la perversidad, en el amor y en la humanidad. 

 Os deseo un profundo y delicado encuentro con lo que de miserables y compasivos existe en todos y cada uno de nosotros. 

¡Sale el sol! 



LO QUE SE HA ESCRITO ACERCA DE LA OBRA 

«Novela, por supuesto, pero también es Historia; historia de los acontecimientos que cambian la faz del mundo, historia social, historia de las mentalidades. Sin olvidar, la dimensión poética, el aliento épico que insufla a la mayoría de sus capítulos. Con ello, el héroe, Jean Valjean, se convierte en una especie de profeta maldito, Cristo redivivo y recrucificado en beneficio de la humanidad, cuyo destino resume.» De la introducción de Alain Verjat.

miércoles, 20 de julio de 2016

EL SEÑOR DE LOS ANILLOS de J.R.R. Tolkien


Hoy os invito a un libro que a buen seguro todos habéis leído o habéis visionado en el Cine: “El Señor de los Anillos”. Si bien, mi intención es que no lo atisbemos en la lejana línea del horizonte, sino que lo sintamos en nuestra piel. Porque hemos de admitir que habita demasiado terror en el mundo real como para pensar que el Señor Oscuro de Mordor, es un personaje de ficción. 

Por otro lado, a decir de los estudiosos, "en el universo tolkieniano coexisten elementos que recuerdan a la mitología del norte de Europa y que la Tierra Media es la conexión de tal universo. Es fácil reconocer, por otra parte, que se trata de una historia de aventuras en la que se representa la lucha y la esperanza arquetípica entre el bien y el mal. Tales como: Hombres, Elfos, Enanos y un cierto número de criaturas malignas: Trolls, Dragones, Balrogs, Orcos, Jinetes de Lobos, entre otros; que sin duda representan algunas de las construcciones simbólicas que el autor utiliza para encarnar esta alegoría". 

 Con todo, os invito a intentar descubrir en nuestras vidas cotidianas la existencia del mal y del bien, en forma de ideales o creencias, y que parecieran ser eternas y consustanciales a nuestra naturaleza, dado que se repiten, una y otra vez, en todos los tiempos y en todas las tierras. 

 Es inquietante pensar el porqué de esta conducta nuestra. Pese a ello, si verdaderamente queremos eliminar la maldad de la faz de la Tierra, hemos de ser humildes y prescindir de héroes y de caudillos. 

 ¡Deseo que la valentía bondadosa de Frodo, no nos sea necesaria para vivir! 



 LO QUE SE HA ESCRITO ACERCA DE LA OBRA 

“El Señor de los Anillos es una novela, obra cumbre del escritor John Ronald Reuel Tolkien, ambientada en un mundo fantástico llamado la Tierra Media hacia el final de su Tercera Edad. El título hace referencia a Sauron, el Señor Oscuro de Mordor, principal villano de la historia, creador del Anillo Único que utilizó para controlar el poder de los demás Anillos. 

El Señor de los Anillos constituye la continuación de un libro anterior de Tolkien, El Hobbit, que cuenta la historia de cómo el Anillo del Poder pasa a las manos de Bilbo Bolsón, el tío de Frodo Bolsón. En un nivel más profundo, constituye la continuación de otro libro llamado El Silmarillion, que habla de la creación de la Tierra Media y de todas las criaturas que en ella habitan, así como del primer Señor Oscuro, maestro de Sauron, y de las luchas por los Silmarils. 

El Señor de los Anillos narra las aventuras de un grupo de seres: (elfos, hobbits, enanos, humanos), que forman la Comunidad del Anillo en su intento por destruir el Anillo Único, forjado por Sauron. Es la historia del héroe del pueblo llano, de aquella persona que aún sabiendo que su destino puede ser fatal, lucha por cumplirlo, pues de él depende la continuidad de su mundo”.

martes, 21 de junio de 2016

AUTO DE FE de Elias Canetti


Hoy os invito a una novela estremecedora: "Auto de fe" de Canetti, única obra del autor, publicada en 1936. Es una invitación perversa, porque os invito a"Un mundo sin cabeza", a "Una cabeza sin mundo" y a "Un mundo en la cabeza" tal y como se titulan, cada una de sus partes. Os invito, por tanto, a respirar una atmósfera moralmente insalubre. Los críticos han visto en todo ello el santo y seña, la cifra literaria de la Europa germánica de entreguerras, preñada de todos los demonios que precipitarían, pocos años después de escrita la novela, las catástrofes de la Segunda Guerra Mundial. 

Si bien, se me antoja que los demonios colectivos y los privados están presentes hoy día. No son patrimonio exclusivo del ayer. Sí. Me temo que nos rodean, nos cercan. Son el odio que, con absoluto impudor, campa a sus anchas sin que le plantemos cara. Y, ese odio, siempre quema libros, es un obsesivo. Porque no os equivoquéis: el odio se odia así mismo. E inexorablemente quema libros. E invariablemente pretender robar ideas, libertad y ternura... 
De un modo descarado cree que el fuego arregla la memoria y la hace amnésica ¿Nosotros dejamos que piense eso? No lo sé. No estaría de más, sin embargo, plantearnos, sin eufemismos, que el odio necesita de una persona para desarrollar su tarea... 

 Un amigo aficionado a los libros, lector empedernido y persona íntegra y valiente donde las haya, al estilo del habitante del asteroide B-612; se afana en recopilar pensamientos y, a su vez, pensarlos, y me ha regalado un cuaderno repleto de ellos. Un regalo que no se vende, uno de esos regalos que adquiere valor fuera del comercio de los hombres. Es lo que podríamos denominar: "una joya intransferible". Bien, pues de entre todas las citas, que componen esa joya -existen algunas muy poderosas-, he decidido regalaros tres que me tienen la cabeza ocupada: 

"La adoración por los héroes es más fuerte donde menos se ha respetado la libertad humana" 
(H. Spencer). 

"Cuando los pacíficos pierden toda esperanza, los violentos encuentran motivos para disparar" 
( Hazold Wilson). 

"No se trata de negar ni de afirmar, sino de comprender" ( Spinoza) 

Y es que "Auto de fe" es una novela repleta de simbolismo, nada de literatura ligera, de esa de usar y tirar. No. Exige esfuerzo. Exige necesidad por aprehender lo más sórdido y menos evidente, exige descubrirnos a través de su planteamiento. 

"La dificultad mayor que ofrece no es entender lo que en ella sucede sino, más bien, hacerse una idea coherente del conjunto de episodios que la componen. Éstos, aislados, son muy claros: hechos triviales o truculentos; banalidades domésticas y desmesuras visionarias; los estereotipos y clichés pequeño burgueses que surten sin tregua de la boca y la mente de un ama de llaves y las reflexiones extravagantes de un orientalista neurótico; las sórdidas brutalidades de un portero matón y las hazañas delincuentes de un enano jorobado salido del hampa; complicaciones callejeras de una absurdidad demencial, enredos burocráticos, crímenes y violencias de todo orden" 
"Cada uno por separado, todos estos sucesos son inteligibles y están dotados de poder persuasivo. Por su concatenación, en cambio, es difícil de establecer la relación de causa a efecto que los vincula o debería vincularlos, es tan soterrada que, con frecuencia, se eclipsa" 

Ya os anuncié que era una invitación perversa... 

Mas no sería descabellado intuir que, al cabo, tal vez tengamos algo que ver en el asunto de los odios y las intolerancias...

¡Os deseo que os dejen pensar lo que queráis, pero, por favor, pensad! 




 LO QUE SE HA ESCRITO ACERCA DE LA OBRA 


"[...] Canetti cuenta en sus memorias que "Auto de fe" nació de una imagen que, como un pequeño demonio pertinaz, lo obsesionaba: un hombre que prende fuego a su biblioteca y arde junto con sus libros. Comenzó a escribir la novela en el otoño de 1930, en la Viena deslumbrante y preapocalíptica de Broch y de Musil, de Karl Popper y de Alban Berg, como parte de una «Comedia Humana de la locura», que iba a constar de ocho historias, cada una de las cuales tendría como protagonista a un hombre desmedido, en las fronteras de la sinrazón. Del ambicioso proyecto sólo se materializó esta ficción (la que, dice, de alguna manera resumió todas las otras) centrada en torno a un excéntrico incendiario, el hombre-libro Peter Kien. Su propósito era escribir un texto «riguroso y despiadado conmigo mismo y con el lector», muy distinto de la literatura vienesa entonces en boga, de la que tenía una pobre opinión: «Me hallaba inmunizado contra todo cuanto pudiera ser agradable o complaciente…» Las afirmaciones de un novelista sobre su propia obra no son siempre iluminadoras; pueden ser incluso confusionistas, erróneas, porque el texto y su contexto son para él difícilmente separables y porque el autor tiende a ver en aquello que hizo lo que ambicionaba hacer (y ambas cosas, así como pueden coincidir, muchas veces divergen considerablemente). Pero estas confesiones de Canetti sobre Auto de fe —novela que, publicada en 1936, conoció primero un entusiasta reconocimiento en Europa, quedó luego enterrada en el olvido durante la guerra y la posguerra, tuvo un débil renacer en los países occidentales en los sesenta, hasta alcanzar un nuevo estrellato a partir de 1981, con el premio Nobel concedido a su autor —son útiles y ayudan al lector a orientarse por la maleza de sus páginas. 

Pues Auto de fe, una de las ficciones más ambiciosas de la narrativa moderna, es también una de las más arduas, una de aquellas que, como La muerte de Virgilio de Broch o El hombre sin atributos de Musil, exigen un esfuerzo intelectual y una buena dosis de perseverancia antes de revelar al lector su sentido profundo, las claves de su complicado simbolismo. . También a este respecto es instructivo el testimonio de Canetti: «Un día se me ocurrió que el mundo no podía ya ser recreado como en las novelas de antes, es decir, desde la perspectiva de un escritor; el mundo estaba desintegrado, y sólo si se tenía el valor de mostrarlo en su desintegración era posible ofrecer de él una imagen verosímil.» La palabra importante es aquí desintegración. El de Auto de fe es un mundo desintegrado —«Un mundo sin cabeza», «Una cabeza sin mundo» y «Un mundo en la cabeza» se titulan, adecuadamente, cada una de sus partes-y a primera vista incoherente, una amalgama de hechos y personajes cuya índole y articulación no responden a una lógica racional sino a la sola arbitrariedad artística. Su anarquía, su carácter entre grotesco y pesadillesco, las trayectorias histéricas que siguen sus sucesos, sus extraños disparates, las greguerías que salpican su texto («Se redujo tanto que al final se perdió de vista»), la atmósfera recargada, moralmente insalubre de muchas de sus páginas, no son gratuitas, desde luego. Los críticos han visto en todo ello el santo y seña, la cifra literaria, de la Europa germánica de la entreguerra, preñada de todos los demonios que precipitarían, pocos años después de escrita la novela, las catástrofes de la segunda guerra mundial. Esta lectura de Auto de fe, como alegoría ideológica y moral, es perfectamente lícita, sin duda. 

El cráter de la historia, aquella imagen de la biblioteca presa de las llamas y la inmolación de su dueño, prefigura gráficamente las inquisiciones de nacionalsocialismo y la destrucción de una de las culturas más creativas de su tiempo por obra del totalitarismo nazi. Y, también, la responsabilidad que cupo en ello a muchos artistas e intelectuales que fueron cómplices de la enajenación colectiva o incapaces de detectarla y combatirla cuando se estaba gestando. Si la cultura no sirve para prevenir este género de tragedias históricas, ¿cuál es entonces su función? Es una pregunta de total pertinencia en el caso de Peter Kien, el sinólogo de Auto de fe a quien su inmensa sabiduría —domina una docena de lenguas orientales y muchas occidentales— no le sirven literalmente de nada que pueda ser apreciado por sus contemporáneos. Porque nada de lo que sabe —de lo que aprende y piensa— revierte sobre los demás; más bien levanta una muralla de incomunicación entre él y su mundo. ¿Cuál es la razón de que se niegue a enseñar? ¿De que publique con tamaña avaricia? ¿De que viva enclaustrado en esa biblioteca de 25.000 volúmenes a la que nadie más tiene acceso? 

El conocimiento, para Peter Kien, no es algo que deba compartirse, un puente entre los hombres; es una manera de tomar distancia y de alcanzar una superioridad vertiginosa sobre el común de las gentes, esos analfabetos cuyo «despreciable objetivo vital es la felicidad». Peter Kien no quiere ser feliz; quiere ser sabio. Lo consigue, sin duda, pero, aunque ello tal vez alimente su soberbia, en la práctica su sabiduría no impide que sea vejado, maltratado, expulsado de su hogar y empujado a la pira por aquellos seres —el ama de llaves que desposa, el portero brutal, su hermano psiquiatra— a los que tanto desdeña. Entre las manías del sinólogo se cuenta la de jugar al ciego. No es extraño, pues, aunque sus lecturas e investigaciones le permiten moverse como por su casa entre las religiones y filosofías del Oriente, Peter Kien nunca fue capaz de ver a la ciudad en la que vivía ni a las gentes que lo rodeaban. Si él no es una figura simpática, lo son todavía menos los otros protagonistas y comparsas de la historia. Egoístas, obtusos, ávidos, convencionales, prisioneros de un mundillo limitado por intereses abyectamente mezquinos, sólo salen de esas celdas que son sus existencias para hacer daño o ser victimados. La desintegración de este mundo obedece a la falta absoluta de solidaridad entre sus miembros, ninguno de los cuales parece alentar por los demás algún sentimiento generoso o cierta forma de lealtad. Las jerarquías son estrictas: amos y esclavos; jefes y servidores; fuertes y débiles. Las relaciones humanas sólo se establecen en un sentido vertical. 

Mandar u obedecer: no hay alternativa. Bajo una aparente coexistencia, la trama social está corroída por toda clase de enconos y prejuicios. Discretamente, se libran mil guerras a la vez. Los hombres desprecian a las mujeres —el machismo y el antifeminismo campean— y éstas odian a aquéllos y conspiran para arruinarlos, como Teresa Krumbholz a su marido. El antisemitismo es una manifestación, entre otras, del odio generalizado que se profesan los ciudadanos de esta sociedad. Se trata de un sentimiento que ha gestado al personaje más pintoresco y vivaz de la novela, el enano jorobado Fischerle, jugador de ajedrez, chulo y hampón, caricatura viviente cuyos rasgos grotescos —su nariz ganchuda, su rapacidad— y su trágico fin —morir apachurrado bajo el puño de Johann Schwer cuando intenta tragarse un botón— son segregados por ese instinto cruel, discriminatorio, hambriento de violencia, que parece anidar en toda la fauna humana del libro. Aunque la novela soslaye la política no hay duda que, sobre todo leyéndola ahora, con la perspectiva que nos da la historia del pueblo alemán bajo el hechizo hitleriano y los campos de exterminio donde perecieron seis millones de judíos, Auto de fe nos parece una escalofriante metáfora de una sociedad que está a punto para caer en brazos de la sinrazón y la demagogia más fanáticas y para rodar hacia el cataclismo. Pero ver en Auto de fe sólo una alegoría política es insuficiente y no hace justicia a la novela. 


Ella es, sobre todo, un mundo de ficción, una realidad paralela, soberana, con una vida propia que no es refleja de aquella, real, de la que proceden sus materiales históricos y culturales, sino algo distinto, emancipado de su modelo, del que reniega y toma distancia enfrentándole una imagen paroxística en la que las diferencias superan a las semejanzas. Se ha hablado de las afinidades de esta novela con Kafka —a quien Canetti descubrió, con deslumbramiento, mientras la estaba escribiendo— pero, salvo la obvia relación de ser ambos escritores judíos de lengua alemana, huéspedes en cierto modo de una cultura que, presa de la histeria racista, pronto los expelería como parásitos decadentes, y en cuyas obras de ficción el presentimiento de catástrofe próxima ha dejado una impronta, las distancias entre ambos me parecen considerables. En el mundo absurdo de Kafka hay una ternura soterrada y un patetismo baña a sus solitarios personajes sobre los que se desencadenan misteriosas fuerzas destructoras, que permiten al lector identificarse emocionalmente con ellos y vivir sus angustiosas peripecias como propias. 
Canetti mantiene a raya al lector, impidiéndole, con deliberación, ese género de vampirismo. La crueldad, banalidad, morbosidad y extravagancia que denotan sus creaturas son tales que abren un abismo difícilmente franqueable por el lector; son personajes concebidos para intrigarlo y, a ratos, maravillarlo; también, para exasperarlo, pero no para conmoverlo. La falta de sentimentalismo es un rasgo central en Auto de fe, así como en los ensayos y el teatro de Canetti. La frialdad cerebral de sus visiones, ese extraño control que la inteligencia parece ejercer aun en los momentos de más incandescente delirio, en aquellos episodios —como la arenga de Peter Kien a sus libros, encaramado sobre una escalera, o las fantasías ajedrecísticas de Fischerle en torno a Capablanca— en los que, en la realidad ficticia, se eclipsa la frontera entre los hechos objetivos y los deseos y la vida se vuelve una fantástica aleación de ambas cosas, hacen pensar en una novela expresionista. 

Como en los cuadros de un Kirchner o de Dix, o como en los grabados y caricaturas de Grosz, la intensidad y los contrastes de color, la virulencia del trazo, la alteración de la perspectiva, es decir la factura formal de la obra, se adelantan hacia el lector como un espectáculo, revolucionando aquella realidad exterior que el objeto artístico aparenta representar hasta convertirla en una realidad propia, que debe más a la subjetividad y a la destreza del artista que al parecido con el modelo que lo inspiró. Una vida objetiva se percibe, sin duda, débil y lejana, recompuesta en la ficción de acuerdo al capricho y fantasías de un creador que se ha valido de aquélla para expresar a éstas. Auto de fe es, como los más logrados de estos cuadros del expresionismo alemán, una pesadilla realista. Al mismo tiempo que los demonios de su sociedad y de su época, Canetíi se sirvió también de los que lo habitaban sólo a él. Barroco emblema de un mundo a punto de estallar, su novela es asimismo una fantasmagórica creación soberana en la que el artista ha fundido sus fobias y apetitos más íntimos con los sobresaltos y crisis que resquebrajan su mundo. Hablar de «demonios» es en su caso indispensable. Los fantasmas obsesivos, cargados de amenaza, que circulan por la novela desde su título hasta la incineración libresca del final, tienen una doble, contradictoria valencia. 


De un lado, ya lo hemos visto, encarnan el conformismo, la pasividad, la abdicación de una sociedad que muy pronto se convertirá en «masa». De otro, son las fuerzas y pulsiones irracionales que animan al artista y lo inducen a crear. Auto de fe, denuncia simbólica de una sociedad que se deja dominar por los peores instintos, es también una novela que reivindica orgullosamente el derecho a la obsesión. 
Para que una obra de ficción lo sea, ella debe añadir al mundo, a la vida, algo que antes no existía, que sólo a partir de ella y gracias a ella formará parte de la inconmensurable realidad. Ese elemento añadido es lo que constituye la originalidad de una ficción, lo que diferencia a ésta, ontológicamente, de cualquier documento histórico. En Auto de fe, un componente mayor del elemento añadido por el artista al mundo es el haber dado carta de ciudadanía pública a los «demonios humanos», esos fantasmas que, en la vida real, hombres y mujeres mantienen ocultos en los repliegues de su intimidad y a los que sólo ocasionalmente —mediatizados en actos y gestos simbólicos— sacan a la luz. 

En esta ficción es al revés: los demonios de cada cual —sus obsesiones— se exhiben sin disfraces y, no importa cuán absurdos o feroces sean, todos viven para obedecerlos y acatarlos, con olímpico desprecio de las consecuencias. El malestar que nos produce la novela viene seguramente de esta inquietante verdad que se desprende de sus páginas: los demonios que provocan los desvaríos y apocalipsis sociales son los mismos que fraguan las obras maestras[...]"
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