viernes, 17 de junio de 2011

LOS ENAMORAMIENTOS de Javier Marías


Hoy os invito a enamoraros con la última novela de Javier Marías ( Madrid, 1951) titulada: "Los enamoramientos". Tengo la sensación de que lo conozco desde su primera obra, me lo presentó un buen amigo con el que sigo compartiendo palabras y café. Sí, fue uno de esos días de la vida en los que necesitas esa prosa tan perfecta, rítmica y modulada, que te llega al alma sin trama e intriga que te distraiga, la prosa de Marías  . Recuerdo obras de Javier Marías que me dejaron sumida durante tiempo en pensamientos ignorados, tan ignorados como los que sentía "el otro". "Mañana en la batalla piensa en mí" "Corazón tan blanco" " El hombre sentimental" o " Tu rostro mañana" En todas se toma su tiempo. Porque es una literatura al alcance de la vida.


Os invito a compartir exquisitos momentos con sus ya conocidos personajes. Y os invito, del mismo modo, a disfrutar de la policromía del alma. Porque no hay en la vida nada totalmente blanco o totalmente negro. Todo es transitorio y provisional y, en ese interludio, vivimos y nos enamoramos.
Espero que ahora que la luna nos ha ofrecido un espectacular eclipse, nos detengamos más en los asombros de los azules. Porque el enamoramiento "... puede justificar todas las cosas: las acciones nobles y desinteresadas, pero también los mayores desmanes y ruindades"


Disfrutad con el mago de las palabras, que para mí es Javier Marías. 
" ...Porque cada cosa que nos sucede o que nos precede cabe en un par de líneas de un relato..."


¡Feliz paseo por su prosa enamorada!



He seleccionado algunos fragmentos, espero que os hagan sentir el enamoramiento.

" Pon a una persona en lo cotidiano de alguien, haz que se sienta responsable y protector y que al otro se le haga imprescindible, y verás como terminan..." ( Pág, 119)

" El error de creer que el presente es para siempre, que lo que hay a cada instante es definitivo, cuando todos deberíamos saber que nada lo es, mientras nos quede un poco de tiempo..." 
( Pág, 143)

" La fuerza de los hechos es tan espantosa que todo el mundo acaba por estar más o menos conforme con su historia, con lo que le pasó y lo que hizo y lo que dejó de hacer, aunque crea que no o no se lo reconozca. La verdad es que casi todos maldicen su suerte de algún momento y casi nadie se lo reconoce" ( Pág, 142)

" A ninguno debe ofendernos que alguien se conforme con nosotros a falta de quien fue mejor..."
 ( Pág, 190)

" Este tiempo ha pasado aunque sea el nuestro y por eso no está en nuestras manos el final de nada..."  ( Pág, 137)

" La segunda vía es intentar colarse con disimulo en la cotidianidad de ese alguien, persistir, sin insistir, hacerse sitio con pretextos varios..." (Pág, 145)

" El enamoramiento es insignificante, su espera en cambio es sustancial..." ( Pág, 246)

"...la fuerza de la costumbre es inmensa y acaba por suplir casi todo, incluso por suplantarlo. Puede suplantar el amor, por ejemplo; pero no el enamoramiento, conviene distinguir entre los dos, aunque se confundan no son lo mismo..." (Pág, 308)

lunes, 9 de mayo de 2011

EL PABELLÓN Nº 6 de Anton Chéjov


Hoy os invito a la grandeza de Anton Chéjov( ( Антон Павлович Чехов), ( Taganrog, 17 de enerojul./ 29 de enero de 1860greg. - Badenweiler (Alemania), 2 de juliojul./ 15 de julio de 1904greg.) Ha llegado a mi vida, de nuevo, después de muchos años. Y mi entusiasmo por él ha ido en aumento. Es un maestro del relato corto. Un amante de la descripción del alma humana, en especial del alma rusa. He elegido "El pabellón nº 6". Sin embargo, cualquiera de sus obras nos puede conmover.
Espero que con él recorráis las esquinas de la vida rusa antes de la Revolución Bolchevique, es una forma de pensar en este pueblo de un modo más comprensivo. Entender su humor, su inmadurez, su aislamiento- clima, alfabeto, cultura- que estoy segura nos transportará a otra dimensión. Ante todo recorreremos una intención no moralizante de la vida, como si un escándalo y una insumisión a los cánones dejaran entrever la libertad.
Disfrutad intensamente de lo breve, con Chéjov. Responded a sus preguntas, él no lo hará por nosotros.

"Fuese cual fuere la materia de que se hablara con él, todo lo resumía en una conclusión: la vida en aquella ciudad ahogaba y aburría; la sociedad carecía de intereses vitales y arrastraba una existencia oscura y absurda, amenizándola con la violencia, la perversión más burda y la hipocresía; los granujas estaban hartos y vestidos, mientras que los honestos se alimentaban de migajas; hacían falta escuelas, un periódico local honrado, un teatro, conferencias públicas, cohesión de las fuerzas intelectuales;urgía que la sociedad se reconociera a sí misma y se horrorizara. En su apreciación de las personas, no utilizaba sino tintas cargadas, pero sólo blancas y negras, sin matices de otro género. Para él, la humanidad se dividía en honrados y canallas; no había cualidades intermedias. De las mujeres y del amor hablaba siempre con apasionado entusiasmo, aunque nunca estuvo enamorado..." ( Pág. 4)


"Por otra parte, ¿para qué impedir que la gente muriese si la muerte es el fin normal y legítimo de todos y cada uno? ¿Qué se ganaría con que un mercachifle o un chupatintas viviese cinco o diez años más? Considerando que el objeto de la medicina consistía en aliviar los sufrimientos, surgía la
pregunta: 
¿Y para qué aliviarlos? En primer lugar, se decía que los sufrimientos llevaban al hombre a la perfección; y en segundo, si la humanidad aprendiese a mitigar sus males con píldoras y gotas abandonaría totalmente la religión y la filosofía, en las que hasta entonces encontraba, no sólo un escudo contra las calamidades, sino incluso la felicidad. Pushkin padeció horribles tormentos antes de morir; y el pobre Heine estuvo paralítico varios años. 
¿Qué razón había, pues, para que no aguantasen enfermedades un Andrei Efímich o una Matriona Savishna, cuyas vidas carecían de contenido y resultarían completamente hueras y semejantes a la de la amiba, a no ser por los sufrimientos? ..." ( Pág. 11)


"-No tengo la pretensión de convertirle a mis creencias -pronunció en voz baja Andrei Efímich, lamentando que no quisieran comprenderlo-. Y no se trata de eso, amigo mío. El quid no está en que usted haya sufrido y yo no. Los sufrimientos y las alegrías son cosa efímera. Dejémoslos a un lado, y que se vayan con Dios. El quid está en que usted y yo pensamos. Vemos, el uno en el otro, personas capaces de pensar y de razonar; y esto nos hace solidarios, por diversos que sean nuestros criterios. ¡Si supiera usted, amigo mío, cómo me fastidian la insensatez, la torpeza, la cerrazón generales, y con cuánta alegría charlo con usted todas las veces! 
Es usted inteligente, y me deleita su conversación..." ( Pág. 27)

domingo, 9 de enero de 2011

PARÍS ERA UNA FIESTA de Ernest Hemingway


Hoy os invito a vivir en París con Ernest Hemingway ( Estados Unidos, 1899-1961) a través de su novela: “París era una fiesta”, que se publicó en 1964 en Nueva York. La obra es un testamento póstumo que nos transporta a la felicidad e infelicidad de aquella “generación perdida”, tras la Primera Guerra Mundial. Viviremos en el París de los primeros años veinte. No es necesario llevar demasiado equipaje, no somos turistas ricos o aburguesados. Somos personas con ganas de sentir, somos vagabundos de la vida. Allí, en París, Hemingway fue “muy pobre y muy feliz”.

El autor, en una carta a un amigo fechada en 1950 le decía: “Si tienes la suerte de haber vivido en París cuando joven, luego París te acompañará, vayas adonde vayas, todo el resto de tu vida, ya que París es una fiesta que nos sigue”.

Naturalmente la edición que está en mi biblioteca es de bolsillo, está muy gastada, muy subrayada, muy vivida y muy soñada. Yo también amo París con pasión y en asuntos de pasión, como en otros muchos, los argumentos son ociosos.

Es necesaria la ilusión a pesar de la atrocidad, la atrocidad y el atropello de dos guerras mundiales. Ahora vivimos en otro atropello, por eso viene París a rescatarnos con su fiesta.

¡Disfrutad!


París era en los años de 1920 la capital de la literatura americana y del arte y de la ilusión a quemarropa. En la novela, Hemingway realiza una mezcla fascinante de paisajes líricos y personales hasta el desgarro. La visión de Gertrude Stein, de Ezra Pound o de Zelda Fitzgerald es inolvidable. Como inolvidable es París.

Os propongo algunos fragmentos:

“Ernest empezó a escribir este libro en Cuba en el otoño de 1957, lo trabajó en Ketchum (Idaho) en el invierno de 1958-59, se lo llevó a España en nuestro viaje de 1959, y siguió con el libro de vuelta a Cuba y luego a Ketchum, a fines de otoño. Lo terminó en la primavera de 1960 en Cuba, después de una interrupción para escribir otro libro, El verano peligroso, que trataba de la violenta rivalidad entre Antonio Ordóñez y Luis Miguel Dominguín por las plazas de toros españolas en 1959. Retocó el libro en el otoño de 1960 en Ketchum. El libro trata de los años que van de 1921 a 1926, en París”.
Mary Hemingway

“Bajar la escalera cuando el trabajo se me daba bien, en lo cual entraba suerte tanto como disciplina, era una sensación maravillosa y luego estaba libre para pasear por todo París.
Podía elegir entre varias calles para bajar por la tarde hasta el jardín del Luxemburgo, y paseaba por el jardín y entraba en el museo del Luxemburgo, donde estaban las grandes pinturas que luego trasladaron al Louvre y al Jeu de Paume. Iba casi cada día por los Cézanne, y por ver los cuadros de Manet y Monet y los demás impresionistas con los que tuve un primer contacto en el Art Institute de Chicago. Iba yo aprendiendo algo en la pintura de Cézanne, y resultaba que escribir sencillas frases verídicas distaba buen trecho de lograr que un cuento encerrara todas las dimensiones que yo quería meterle. Iba aprendiendo mucho de aquel hombre, pero entonces no sabía expresarme bastante como para decírselo a nadie. Además era un secreto. Pero en cuanto me faltaba luz en el Luxemburgo, cruzaba los jardines y subía al apartamento en forma de estudio donde vivía Gertrude Stein, en el 27 de la rué de Fleurus…”( Pág, 6)

“Yo era joven y no melancólico, y en los peores momentos ocurrían siempre cosas extravagantes y cómicas, y a Miss Stein le gustaba oírlas contar. De otras cosas yo no hablaba, pero las escribía por mi cuenta.
Cuando no había viaje reciente que contar, pero me dejaba caer por la rué de Fleurus al terminar mi trabajo, a veces procuraba que Miss Stein hablara de libros. Mientras estaba trabajando en algo mío, me resultaba necesario leer al acabar de escribir. Si uno sigue pensando en lo que escribe, pierde el hilo y al día siguiente no hay modo de continuar. Yo necesitaba hacer ejercicio, cansarme el cuerpo, y además era buena cosa hacer el amor con la persona que uno amaba. No había nada mejor que eso. Pero luego, vacío, era una necesidad leer para no pensar en el trabajo ni preocuparse hasta el momento de reemprenderlo. Por entonces ya me había adiestrado a no secar nunca el pozo de lo que escribo, y a pararme siempre cuando todavía queda algo en lo hondo del pozo, y a dejar que por la noche lo volvieran a llenar las fuentes de que se nutre.
Para no pensar en lo que estaba escribiendo, muchas veces después del trabajo leía cosas de escritores de aquel momento, tales como Aldous Huxley o D. H. Lawrence o cualquier libro nuevo que encontraba en la librería de Sylvia Beach o en un puesto de los quais.
—Huxley es un cadáver —me dijo una vez Miss Stein—. ¿Por qué va usted a leer a un cadáver? ¿No se da cuenta de que es un cadáver?
Yo no sabía entonces darme cuenta de que era un cadáver, y dije que sus libros me divertían y me distraían de pensar.
—Debería usted leer sólo lo verdaderamente bueno o lo francamente malo.
—Me he pasado todo este invierno y el otro invierno leyendo libros verdaderamente buenos y el próximo invierno lo pasaré igual, y los libros francamente malos no me gustan.
—¿A qué leer esa basura? Es basura puesta en conserva, créame, Hemingway. Obra de un cadáver.
—Me gusta estar al tanto de lo que escriben por ahí —dije—. Y me distrae de lo que yo escribo.
—¿Qué otras cosas está leyendo?
—A D. H. Lawrence —dije—. Tiene cuentos muy buenos, uno que se llama «El oficial prusiano».
—Intenté leer sus novelas. No hay modo. Es sentimental e insensato y risible. Tiene un estilo de enfermo.
—Hijos y amantes y El pavo blanco me gustaron —dije—. Bueno, el segundo tal vez no tanto. Lo que no pude terminar son las Mujeres enamoradas.
—Ya que no le gusta leer lo malo, le recomendaré una cosa que le absorberá y que es una maravilla en su género. Tiene que leer a Marie Belloc Lowndes.
Nunca había oído hablar de ella, pero Miss Stein me prestó The Lodger, esa maravilla de relato basado en Jack el Destripador, y además otro libro de un crimen en un pueblo cerca de París que estoy seguro que es Enghien-les-Bains. Eran dos libros espléndidos para después del trabajo, con personajes verosímiles y con una acción y un terror que nunca suenan a hueco. Eran perfectos para leer cuando uno había pasado el día trabajando, y me leí todos los Belloc Lowndes que existían. Pero un buen día se me acabaron, y además ninguno estaba a la altura de aquellos dos primeros, y no encontré nada tan bueno para llenar los vacíos del día o de la noche hasta que salieron las primeras buenas cosechas de Simenon.
Me parece que a Miss Stein le hubiera gustado el buen Simenon (el primero que yo leí fue o L’écluse numéro 1 o La maison du canal), pero no estoy seguro porque en la época en que frecuenté a Miss Stein no le gustaba leer en francés aunque le encantaba hablarlo. Fue Janet Flanner quien me pasó los dos primeros Simenon que leí. Ella tenía afición a leer francés y había descubierto a Simenon cuando el hombre aún hacía reportajes de crímenes.
En los tres o cuatro años en que fuimos buenos amigos no logro recordar que Gertrude Stein hablara bien de ningún escritor a no ser que hubiera escrito en favor de ella o hecho algo en beneficio de su carrera, salvo en el caso de Ronald Firbank y más tarde de Scott Fitzgerald. Cuando empecé a tratarla no decía nada de Sherwood Anderson como escritor, pero hablaba con fervor de su persona y de sus grandes ojos de italiano hermosos y cálidos, y de su bondad y su encanto. A mí me importaban un bledo sus grandes ojos de italiano hermosos y cálidos, pero me gustaban mucho algunos cuentos suyos. Eran sencillos de estilo y a veces muy hermosos de estilo, y conocía muy bien a las gentes sobre las que escribía y sentía por ellas una honda cordialidad. Miss Stein no quería hablar de sus cuentos y siempre volvía a su persona…”( Pág, 10-12)

“Cuando llegaba la primavera, incluso si era una primavera falsa, la única cuestión era encontrar el lugar donde uno pudiera ser feliz. Si estábamos solos, ningún día podía estropeársenos, y bastaba esquivar toda cita para que cada día se abriera sin límite. Sólo la gente ponía límites a la felicidad, salvo las poquísimas personas que eran tan buenas como la misma primavera…”( Pág, 21)


“…Cuando dejé de tomar las carreras como un trabajo serio, me quedé satisfecho, pero con una sensación de vacío. Por entonces, ya había descubierto que todo, lo bueno y lo malo, deja un vacío cuando se interrumpe. Pero si se trata de algo malo, el vacío va llenándose por sí solo. Mientras que el vacío de algo bueno sólo puede llenarse descubriendo algo mejor…( Pág, 28)

“…París no se acaba nunca, y el recuerdo de cada persona que ha vivido allí es distinto del recuerdo de cualquier otra. Siempre hemos vuelto, estuviéramos donde estuviéramos, y sin importarnos lo trabajoso o lo fácil que fuera llegar allí. París siempre valía la pena, y uno recibía siempre algo a trueque de lo que allí dejaba. Yo he hablado de París según era en los primeros tiempos, cuando éramos muy pobres y muy felices” ( Pág, 98)

jueves, 23 de diciembre de 2010

APOLOGÍA DE SÓCRATES de Platón


Siempre que algo me atormenta acudo de forma recurrente a releer la “Apología de Sócrates” y hoy me atormenta la situación del mundo. La desgracia, los desheredados, los traidores, las victimas, los verdugos, la tristeza. Os invito a un “banquete” sin pretensiones eruditas. En la “Apología” hallaremos el consuelo de los siglos y de los sabios.
Os invito a sentir con ellos el valor de la vida y de la muerte, sin dramatismos innecesarios y sin  histrionismos. Todo aquello que nos acontece ya ha ocurrido con anterioridad.
En estos días todos nos deseamos Felicidad. ¿Sabemos lo que es?
Descubrí la “Apología” cuando era muy joven- no sé lo que entendí cuando la leí por primera vez- sé que me enamoré de aquél hombre, rebelde y valiente, que, con la parsimonia de la eternidad, decidió tomar la palabra y la cicuta.

Recibidlo como un regalo.


 Os dejo con la voz de Sócrates que nos legó Platón.

“Sea, pues, atenienses; poco más o menos, son éstas y, quizá, otras semejantes las cosas que podría alegar en mi defensa. Quizá alguno de vosotros se irrite, acordándose de sí mismo, si él, sometido a un juicio de menor importancia que éste, rogó y suplicó a los jueces con muchas lágrimas, trayendo a sus hijos para producir la mayor compasión posible y, también, a muchos de sus familiares y amigos, y, en cambio, yo no hago nada de eso, aunque corro el máximo peligro, según parece. Tal vez alguno, al pensar esto, se comporte más duramente conmigo e, irritado por estas mismas palabras, dé su voto con ira. Pues bien, si alguno de vosotros es así -ciertamente yo no lo creo, pero si, no obstante, es así-, me parece que le diría las palabras adecuadas, al decirle: «También yo, amigo, tengo parientes. Y, en efecto, me sucede lo mismo que dice Homero, tampoco yo he nacido de una encina ni de una roca, sino de hombres, de manera que también yo tengo parientes y por cierto, atenienses, tres hijos, uno ya adolescente y dos niños.» Sin embargo, no voy a hacer subir aquí a ninguno de ellos y suplicaros que me absolváis. ¿Por qué no voy a hacer nada de esto? No por arrogancia, atenienses, ni por desprecio a vosotros. Si yo estoy confiado con respecto a la muerte o no lo estoy, eso es otra cuestión. Pero en lo que toca a la reputación, la mía, la vuestra y la de toda la ciudad, no me parece bien, tanto por mi edad como por el renombre que tengo, sea verdadero o falso, que yo haga nada de esto, pero es opinión general que Sócrates se distingue de la mayoría de los hombres. Si aquellos de vosotros que parecen distinguirse por su sabiduría, valor u otra virtud cualquiera se comportaran de este modo, sería vergonzoso. A algunos que parecen tener algún valor los he visto muchas veces comportarse así cuando son juzgados, haciendo cosas increíbles porque creían que iban a soportar algo terrible si eran condenados a muerte, como si ya fueran a ser inmortales si vosotros no los condenarais (…)”

“...Deseo predeciros a vosotros, mis condenadores, lo que va a seguir a esto. En efecto, estoy yo ya en ese momento en el que los hombres tienen capacidad de profetizar, cuando van ya a morir. Yo os aseguro, hombres que me habéis condenado, que inmediatamente después de mi muerte os va a venir un castigo mucho más duro, por Zeus, que el de mi condena a muerte. En efecto, ahora habéis hecho esto creyendo que os ibais a librar de dar cuenta de vuestro modo de vida, pero, como digo, os va a salir muy al contrario. Van a ser más los que os pidan cuentas, ésos a los que yo ahora contenía sin que vosotros lo percibierais. Serán más intransigentes por cuanto son más jóvenes, y vosotros os irritaréis más. Pues, si pensáis que matando a la gente vais a impedir que se os reproche que no vivís rectamente, no pensáis bien.
Este medio de evitarlo ni es muy eficaz, ni es honrado. El más honrado y el más sencillo no es reprimir a los demás, sino prepararse para ser lo mejor posible. Hechas estas predicciones a quienes me han condenado les digo adiós.
Con los que habéis votado mi absolución me gustaría conversar sobre este hecho que acaba de suceder, mientras los magistrados están ocupados y aún no voy adonde yo debo morir.
Quedaos, pues, conmigo, amigos, este tiempo, pues nada impide conversar entre nosotros mientras sea posible. Como sois amigos, quiero haceros ver qué significa, realmente, lo que me ha sucedido ahora. En efecto, jueces pues llamándoos jueces os llamo correctamente-, me ha sucedido algo extraño. La advertencia habitual para mí, la del espíritu divino, en todo el tiempo anterior era siempre muy frecuente, oponiéndose aun a cosas muy pequeñas, si yo iba a obrar de forma no recta. Ahora me ha sucedido lo que vosotros veis, lo que se podría creer que es, y en opinión general es, el mayor de los males. Pues bien, la señal del dios no se me ha opuesto ni al salir de casa por la mañana, ni cuando subí aquí al tribunal, ni en ningún momento durante la defensa cuando iba a decir algo. Sin embargo, en otras ocasiones me retenía, con frecuencia, mientras hablaba. En cambio, ahora, en este asunto no se me ha opuesto en ningún momento ante ningún acto o palabra. ¿Cuál pienso que es la causa? Voy a decíroslo. Es probable que esto que me ha sucedido sea un bien, pero no es posible que lo comprendamos rectamente los que creemos que la muerte es un mal. Ha habido para mí una gran prueba de ello. En efecto, es imposible que la señal habitual no se me hubiera opuesto, a no ser que me fuera a ocurrir algo bueno(...)

“...Es preciso que también vosotros, jueces, estéis llenos de esperanza con respecto a la muerte y tengáis en el ánimo esta sola verdad, que no existe mal alguno para el hombre bueno, ni cuando vive ni después de muerto, y que los dioses no se desentienden de sus dificultades.
Tampoco lo que ahora me ha sucedido ha sido por casualidad, sino que tengo la evidencia de que ya era mejor para mí morir y librarme de trabajos. Por esta razón, en ningún momento la señal divina me ha detenido y, por eso, no me irrito mucho con los que me han condenado ni con los acusadores. No obstante, ellos no me condenaron ni acusaron con esta idea, sino creyendo que me hacían daño. Es justo que se les haga este reproche. Sin embargo, les pido una sola cosa. Cuando mis hijos sean mayores, atenienses, castigadlos causándoles las mismas molestias que yo a vosotros, si os parece que se preocupan del dinero o de otra cosa cualquiera antes que de la virtud, y si creen que son algo sin serlo, reprochadles, como yo a vosotros, que no se preocupan de lo que es necesario y que creen ser algo sin ser dignos de nada. Si hacéis esto, mis hijos y yo habremos recibido un justo pago de vosotros. Pero es ya hora de marcharnos, yo a morir y vosotros a vivir. Quién de nosotros se dirige a una situación mejor es algo oculto para todos, excepto para el dios”

lunes, 6 de diciembre de 2010

ESPAÑA INVERTEBRADA de José Ortega y Gasset


Hoy os invito a meditar con Ortega y Gasset (1883-1955) y con su “España invertebrada”; esta invitación es un deleite para quien os la propone y deseo que también lo sea para quienes se acercan a la lectura por estos mares literarios.
En esta ocasión tomaremos fragmentos de prólogos a sus múltiples ediciones y también fragmentos de la propia obra. Será un "buffet libre". La obra la leí hace muchos años y la he vuelto a leer y releer otras tantas veces para intentar, sin sectarismos, y desde mi vocación histórica y filosófica dar “algún sentido” a este reino en donde nací. El Reino de España. En dos ocasiones República. Hoy Reino.
“España Invertebrada”, es un boceto de un “ensayo de ensayo”, publicado en 1922 que se construye con los artículos que el diario “El Sol” venía editando desde 1920. Lo que siempre me ha estremecido de esta gran obra es su actualidad. No es necesario que os manifieste que Ortega es para mí el pensador por antonomasia. Hombre cabal de inteligencia preclara. Un intelectual, no un esforzado hombre del saber para conseguir méritos académicos. En todo momento he hallado en sus obras matices nuevos y  proféticos. 
Con la lectura de " España Invertebrada" siempre  he entendido, más y mejor, el porqué  de los fantasmas que nos mantienen encarcelados en actitudes impropias de un  Reino con vocación de modernidad. He llegado a explicarme, en un concilio de hechos innegables, que  siglo a siglo- desde la Edad Media- nos hemos deconstruido y es por ello, que hoy somos lo que somos: una España invertebrada. 

Os deseo que este "buffet libre" os lleve a “repensar” Os conduzca lejos del inmovilismo de “pensar  que lo que pensamos es lo único y lo verdadero”. Porque lo más probable es que ya lo hayan pensado otros antes que nosotros.


“España, España, España,
Dos mil años de historia no acabaron de hacerte...”
Eugenio de Nora, “Canto”.

“…España una nace así en la mente de Castilla, no como una intuición de algo real –España no era, en realidad, una-, sino como un ideal esquema de algo realizable, un proyecto incitador de voluntades, un mañana imaginario capaz de disciplinar el hoy y de orientarlo, a la manera que el blanco atrae la flecha y tiende el arco. NO de otra suerte, los codos en su mesa del hombre de negocios, inventa Cecil Rodees la idea de Rhodesia: un imperio que podía ser creado en la entraña salvaje del África. Cuando la tradicional política de Castilla logró conquistar para sus fines el espíritu claro, penetrante, de Fernando el Católico, todo se hizo posible. La genial vulpeja aragonesa comprendió que Castilla tenía razón, que era preciso domeñar la hosquedad de sus paisanos e incorporarse a una España mayor. Sus pensamientos de alto vuelo sólo podían ser ejecutados desde Castilla, porque solo en ella encontraban nativa resonancia. Entonces se logra la unidad española; mas ¿para qué, con que fin, bajo que ideas ondeadas como banderas incitantes? ¿Para vivir juntos, para sentarse en torno al fuego central, a la vera unos de otros, como viejas sibilantes en invierno?Todo lo contrario. La unión se hace para lanzar la energía española a los cuatro vientos, para inundar el planeta, para crear un Imperio aún más amplio. La unidad de España se hace para esto y por esto. La vaga imagen de tales empresas es una palpitación de horizontes que atrae, sugestiona e incita a la unión, que funde los temperamentos antagónicos en un bloque compacto. Para quien tiene buen oído histórico, no es dudoso que la unidad española fue, ante todo y sobre todo, la unificación de las dos grandes políticas internacionales que a la sazón había en la península: la de Castilla, hacia África y el centro de Europa; la de Aragón hacia el Mediterráneo. El resultado fue, que por vez primera en la historia, se idea una Weltpolitik: la unidad española fue hecha para intentarla” ( Pág, 33)

“…Yo siento mucho no coincidir con el pacifismo contemporáneo en su antipatía hacia la fuerza; sin ella no habría habido nada de lo que más nos importa en el pasado, y si la excluimos del porvenir sólo podremos imaginar una humanidad caótica. Pero también es cierto que con sólo la fuerza no se ha hecho nunca cosa que merezca la pena…( Pág, 28)”

“…Lo que la gente piensa y dice –la opinión pública- es siempre respetable, pero casi nunca expresa con rigor sus verdaderos sentimientos. La queja del enfermo no es el nombre de su enfermedad. El cardíaco suele quejarse de todo su cuerpo menos de su víscera cordial. A lo mejor nos duele la cabeza, y lo que tienen que curarnos es el hígado. Medicina y política, cuanto mejores son, más se parecen al método de Ollendorf.” ( Pág, 37)

“…El propósito de este ensayo es corregir la desviación en la puntería del pensamiento político al uso, que busca el mal radical del catalanismo y el bizcaitarrismo en Cataluña y en Vizcaya, cuando no es allí donde se encuentra. ¿Dónde, pues? Para mi esto no ofrece duda: cuando una sociedad se consume víctima del particularismo, puede siempre afirmarse que el primero en mostrarse particularista fue precisamente el Poder central. Y esto es lo que ha pasado en España. Castilla ha hecho a España y Castilla la ha deshecho” ( Pág, 38)

“…Pues bien: la vida social española ofrece en nuestros días un extremado ejemplo de este atroz particularismo. Hoy es España, más bien que una nación, una serie de compartimentos estancos.
Se dice que los políticos no se preocupan del resto del país. Esto, que es verdad, es, sin embargo, injusto porque parece atribuir exclusivamente a los políticos pareja despreocupación. La verdad es que si para los políticos no existe el resto del país, para el resto del país existen mucho menos los políticos. Y ¿qué acontece dentro de ese resto no político de la nación? ¿Es que el militar se preocupa del industrial, del intelectual, del agricultor, del obrero? Y lo mismo debe decirse del aristócrata, del industrial o del obrero respecto a las demás clases sociales. Vive cada gremio herméticamente cerrado dentro de sí mismo. No siente la menor curiosidad por lo que acaece en el recinto de los demás. Ruedan los unos sobre los otros como orbes estelares que se ignoran mutuamente. Polarizado cada cual en sus tópicos gremiales, no tiene ni noticia de los que rigen el alma del grupo vecino. Ideas, emociones, valores creados dentro de un núcleo profesional o de una clase, no trascienden lo más mínimo a las restantes. El esfuerzo titánico que se ejerce en un punto del volumen social no es transmitido, ni obtiene repercusión unos metros más allá, y muere donde nace. Difícil será imaginar una sociedad menos elástica que la nuestra; es decir, difícil será imaginar un conglomerado humano que sea menos una sociedad. Podemos decir de toda España lo que Calderón decía de Madrid en una de sus comedias:

Está una pared aquí
de la otra más distante
que Valladolid de Gante” ( Pág, 44).

“…La enfermedad española es, por malaventura, más grave que la susodicha “inmoralidad pública”. Peor que tener una enfermedad es ser una enfermedad. Que una sociedad sea inmoral, tenga o contenga inmoralidad, es grave; pero que una sociedad no sea una sociedad, es mucho más grave. Pues bien: éste es nuestro caso. La sociedad española se está disociando desde hace largo tiempo porque tiene infeccionada la raíz misma de la actividad socializadora.
El hecho primario social no es la mera reunión de unos cuantos hombres, sino la articulación que en ese ayuntamiento se produce inmediatamente. El hecho primario social es la organización en dirigidos y directores de un montón humano. Esto supone en unos cierta capacidad para dirigir; en otros cierta facilidad íntima para dejarse dirigir. En suma, donde no hay una minoría que actúa sobre una masa colectiva, y una masa que sabe aceptar el influjo de una minoría, no hay sociedad, o se está muy cerca de que no la haya. Pues bien, En España vivimos hoy entregados al imperio de las masas. Los miopes no lo creen así porque, en efecto, no ven los motines en las calles ni asaltos a los Bancos y ministerios.
Pero esa revolución callejera significaría solo el aspecto político que toma, a veces, el imperio de una masa social determinada: la proletaria(…) Dondequiera asistimos al deprimente espectáculo de que los peores, que son los más, se revuelven frenéticamente contra los mejores.¿Cómo va a haber organización en la política española, si no la hay ni siquiera en las conversaciones? España se arrastra invertebrada, no ya en su política, sino, lo que es más hondo y sustantivo que la política, en la convivencia social misma. De esta manera no podrá funcionar mecanismo alguno de los que integran la máquina pública. Hoy se parará una institución, mañana otra, hasta que sobrevenga el definitivo colapso histórico.
Ni habrá ruta posible para salir de tal situación, porque negándose la masa a lo que es su biológica misión, esto es, a seguir a los mejores, no aceptará ni escuchará las opiniones de éstos, y solo triunfarán en el ambiente colectivo las opiniones de la masa, siempre inconexas, desacertadas y pueriles.(Pág, 57,58)

“…Si ahora tornamos los ojos a la realidad española, fácilmente descubriremos en ella un atroz paisaje saturado de indocilidad y sobremanera exento de ejemplaridad. Por una extraña y trágica perversión del instinto encargado de las valoraciones, el pueblo español, desde hace siglos, detesta todo hombre ejemplar, o, cuando menos está ciego para sus cualidades excelentes. Cuando se deja conmover por alguien, se trata, casi invariablemente, de algún personaje ruin e inferior que se pone al servicio de los instintos multitudinarios. (Pág, 67)


“…En España ha llegado a triunfar en absoluto el más chabacano aburguesamiento. Lo mismo en las clases elevadas que en las ínfimas rigen indiscutidas e indiscutibles normas de una atroz trivialidad, de un devastador filisteísmo. Es curioso presenciar cómo en todo instante y ocasión la masa de los torpes aplasta cualquier intento de mayor fineza. (Pág, 83,84)

jueves, 2 de diciembre de 2010

EL SOL DE LOS SCORTA de Laurent Gaudé


Ahora que el frío se ha instalado entre nosotros y que el mundo se presenta hipotecado y apocalíptico,he pensado en invitaros a “El sol de los Scorta” de Laurent Gaudé ( París, 1972). Es una obra maestra, traducida a más de treinta idiomas, una pieza única de esas que sólo son capaces de pergeñar los gigantes. En su lectura hallaremos la explicación a la mísera herencia que deja la vida. Generación tras generación nos hacemos eternos, cuando al morir dejamos el testigo a los que nos siguen. Damos el relevo. Hallaremos la riqueza intangible, la única y verdadera riqueza, compuesta de recuerdos y de una insaciable sed por vivir y también aprenderemos que los secretos- no el silencio- nos hacen fuertes y poderosos.
Os invito, a un universo de pasiones, afrentas y desafíos atemporales. Desde la Italia del sur nos llegan los ecos de la tragedia griega. Y lo más importante: es una novela que nos reconcilia con nosotros mismos. 
Con su esencia humanista, “El sol de los Scorta” nos desvelará los misteriosos vínculos que se establecen entre nuestro destino, nuestro temperamento y el momento y el lugar donde nacemos.
Aquella noche de 2007 bebí de un sorbo “El sol de los Scorta”. Me embriagó su realidad, su lenguaje rápido, su pasión. Nunca la he podido olvidar. Forma parte de los libros que más amo.
Os invito, a través de las palabras introductorias que el autor ha elegido, tomadas de Cesare Pavese, a repensar el sudor de los días y sus trabajos.


“Una tarde caminábamos al pie de una colina,
en silencio. En la sombra del tardo crepúsculo
mi primo es un gigante vestido de blanco,
con el rostro bronceado, que se mueve despacio,
callado. Callar es nuestra virtud.
Algún antepasado nuestro debió de estar muy solo
-un gran hombre entre idiotas o un pobre loco-
para enseñar a los suyos tanto silencio.”



Gaudé, nos introduce a través de las piedras calientes del destino y nos atrapa desde la maldición de Rocco; desde allí recorremos el regreso de los desheredados, el estanco de los callados, el banquete, los comedores de sol, la tarantela, la zambullida del sol y el terremoto hasta la procesión de San Elia.
Homero se pasea por Montepuccio y los olivos del Mediterráneo, con su sol inmisericorde, nos lleva hasta Platón y hasta Aristóteles. Pero los sentimos como parte de nuestra piel. Esa es la grandeza del autor. Los convierte en personajes de nuestro tiempo en los que nos reconocemos plenamente. Nada en ellos no es ajeno.


He elegido algunos fragmentos con los que convivo y trato de comprender algunos dilemas del sudor de los días:


“...Se dijo que había sido un hombre. Sólo un hombre. Don Salvatore tenía razón. Bajo el sol de Montepuccio, los hombres como las aceitunas, eran eternos. ( Pág, 235 ).

“…Volvió a pensar en aquellos años, y tuvo la sensación de que no había dispuesto de un segundo para recobrar el aliento. Había corrido detrás del dinero. Había trabajado sin descanso hasta que sus noches fueron tan cortas como sus siestas. Pero, sí, había sido feliz. Su tío, su viejo tío Faelucc’, que un día le había dicho “Aprovecha el sudor”, tenía razón. Eso era lo que había ocurrido. Había sido feliz y había trabajado hasta el agotamiento. Su felicidad era hija de ese cansancio. Había luchado. Se había empleado a fondo(…) Tenía dinero, pero aquella felicidad salvaje, arrancada a la vida, había quedado atrás” (Pág, 221).

“… ¿Cómo se pesa la vida de un hombre? La suya había sido como cualquier otra. Llena, sucesivamente, de alegrías y lágrimas” ( Pág, 220).

“ …Soy el sol…Hasta el final del mar…”( Pág, 201).

“…Nada me detendrá…El sol ya puede matar todos los lagartos de las colinas, pero yo resistiré…” ( Pág, 16).


domingo, 21 de noviembre de 2010

ENSAYO SOBRE LA CEGUERA de José Saramago



“Ensayo sobre la ceguera” de Saramago ( Portugal, 1922-España, 2010) me llegó a través del sabio afecto de un amigo. Mis amigos son sabios y afectuosos. Hoy os invito a sentir la sabiduría de aquel afecto. Transcurría el año 1996 y yo atravesaba uno de esos momentos "inciertos" que la vida tantas veces nos regala a modo de:¡a ver si aprendes de una vez! Lo cierto es que la vida no es una buena pedagoga, al menos esa es mi opinión, o tal vez yo no sea una alumna aventajada.
La amo y me apasiona- la vivo intensamente- pero casi siempre aprendo mal y tarde de ella. Soy lo que podríamos denominar una “librolica anónima” que de vez en cuando entra en la realidad para echarle un vistazo. Y “visto lo visto” se retira a la ceguera.

Mis amigos conocen bien "mi afición por la ceguera" cuando la realidad se impone con sus absurdos y sus pedanterías . Es por ello que esa tarde el regalo prometía ser sumamente revelador. Siempre me había dicho a mi misma: ¡estás ciega! Y ahora venía Saramago con un ensayo acerca de la ceguera. ¡Todo un bombardeo en la línea de flotación! Recuerdo que comentamos, delante de una taza de café, los trazos argumentales de la contracubierta:
“Un hombre parado en un semáforo en rojo se queda ciego súbitamente. Es el primer caso de una “ceguera blanca” que se expande de manera fulminante. Internados en cuarentena o perdidos en la ciudad, los ciegos tendrán que enfrentarse con lo que existe de más primitivo en la naturaleza humana: la voluntad de sobrevivir a cualquier precio…” “nos alerta acerca de “la responsabilidad de tener ojos cuando otros los perdieron…” “nos obliga a parar, cerrar los ojos y ver…”“recuperar la lucidez y rescatar el afecto son dos propuestas fundamentales de una novela que es, también, una reflexión sobre la ética del amor y la solidaridad…”
Ante las prometedoras líneas que nos introducían en la novela mi anhelo por descubrirla aumentaba. El autor de aquel regalo afectivo y oportuno jugaba con la ventaja de haber leído el libro y el humor y la ironía se impusieron. Naturalmente la " Parábola de los ciegos" de Pieter Brueghel que la editorial había elegido para la cubierta nos adentró en los vericuetos de la pintura. Pasión que compartíamos.

Hoy os invito a sentir la agnosis, la incapacidad de reconocer lo que se ve.Hay demasiadas razones para que el cerebro humano no quiera ver lo evidente; siempre nos alejamos de nuestros deseos más profundos y en consecuencia la mente se aburre con nuestras falsas verdades y con nuestros eufemismos.

En el 2006 se anunció la adaptación al cine de la novela. La película fue dirigida por Fernando Meirelles, se titula Blindness -conocida en español como Ceguera o A ciegas- y se estrenó en el 2008. No superó al libro.

¡Os espero tras la agnosis!


Con Saramago existe un ejercicio de concentración aún mayor por las características narrativas del autor. Utiliza párrafos largos, muchos verbos, pocos adjetivos explicativos y no usa el punto y seguido, en su lugar utiliza una coma y escribe la palabra posterior en mayúsculas. Además, alterna narraciones en tercera persona con monólogos de algunos de los personajes, de forma que a veces no es evidente saber si el personaje está hablando o pensando lo que está escrito. Sin embargo, su estilo delirante, en esta obra, nos procura una lectura cómplice que nos atrapa.
“Ensayo sobre la ceguera” podría ser una novela de terror, porque es difícil superar el impacto de la situación: un señor que conduce, y que de repente, ante un semáforo en rojo, se queda ciego. Pero no una ceguera normal: una amaurosis. En su desesperación, acude a varias personas para consolarse ante tal desgracia y con la esperanza de curarse o al menos de comprender el origen de su repentina tragedia.
La consecuencia directa es que todo aquel que ha tenido contacto, por mínimo que sea, con ese señor, se vuelve igualmente ciego. Esto es así hasta que la epidemia, de carácter exponencial, obliga al gobierno a intervenir para “aislar a los infectados”, que hasta ese momento son centenares, y mandan a los militares a expulsarlos a un manicomio abandonado. El poder del Estado sobre el individuo es sobrecogedor.

“Allí los protagonistas, de los que en ningún momento el narrador se molesta en decirnos sus nombres, malviven en unas condiciones inhumanas. Al principio la situación, dentro de que están desesperados por su ceguera, es tolerable, pero conforme avanzan los días y las dosis de provisiones se reducen -por miedo de los militares a infectarse-, se forman clanes, las mujeres son obligadas a prostituirse con el fin de intercambiar comida robada, la higiene y la salud comienza a obviarse por completo, el miedo y la resignación se apoderan de los ciegos, hasta que aparece un resquicio de esperanza: una mujer no está ciega y ha estado fingiendo todo el tiempo estar infectada, por lo que sirve de guía a sus compañeros.
Con un final muy acertado Ensayo sobre la ceguera es una de las grandes novelas acerca de la condición humana, próxima a El Señor de las Moscas, de William Golding  e inspirada levemente en el Leviatán, de Thomas Hobbes, en la idea de que “el hombre es un lobo para el hombre”. Aquí el aforismo se matiza en que “el hombre es cruel y despiadado por naturaleza ante situaciones extremas”.

Os propongo algunos fragmentos:

“La lógica y la eficacia mandaban que su participación de lo que estaba ocurriendo se hiciera directamente, comunicándolo lo antes posible a un alto cargo responsable del ministerio de la Salud, pero no tardó en cambiar de idea cuando se dio cuenta de que presentarse sólo como un médico que tenía una información importante y urgente que comunicar no era suficiente para convencer al funcionario medio con quien, por fin, después de muchos ruegos, la telefonista condescendió a ponerlo en contacto. El hombre quiso saber de qué se trataba, antes de pasarlo a su superior inmediato, y estaba claro que cualquier médico con sentido de la responsabilidad no iba a ponerse a anunciar la aparición de una epidemia de ceguera al primer subalterno que se le pusiera delante, el pánico sería inmediato. Respondía desde el otro lado el funcionario, Me dice usted que es médico, si quiere que le diga que le creo, sí, le creo, pero yo tengo órdenes, o me dice de qué se trata, o cuelgo, Es un asunto confidencial, Los asuntos confidenciales no se tratan por teléfono, será mejor que venga aquí personalmente, No puedo salir de casa, Quiere decir que está enfermo, Sí, estoy enfermo, dijo el ciego tras una breve vacilación, En ese caso, lo que tiene que hacer es llamar al médico, a un médico auténtico, replicó el funcionario, y, muy satisfecho de su ingenio colgó el teléfono…"( Pág, 26)

"La ocurrencia había brotado de la cabeza del ministro mismo. Era, por cualquier lado que se la examinara, una idea feliz, incluso perfecta, tanto en lo referente a los aspectos meramente sanitarios del caso como a sus implicaciones sociales y a sus derivaciones políticas. Mientras no se aclarasen las causas, o, para emplear un lenguaje adecuado, la etiología del mal blanco, como gracias a la inspiración de un asesor imaginativo la malsonante palabra ceguera sería designada, mientras no se encontrara para aquel mal tratamiento y cura, y quizá una vacuna que previniera la aparición de casos futuros, todas las personas que se quedaran ciegas, y también quienes con ellas hubieran tenido contacto físico o proximidad directa, serían recogidas y aisladas, para evitar así ulteriores contagios que, de verificarse, se multiplicarían según lo que matemáticamente es costumbre denominar progresión geométrica. Quod erat demonstrandum, concluyó el ministro. En palabras al alcance de todo el mundo, se trataba de poner en cuarentena a todas aquellas personas, de acuerdo con la antigua práctica, heredada de los tiempos del cólera y de la fiebre amarilla, cuando los barcos contaminados, o simplemente sospechosos de infección, tenían que permanecer apartados cuarenta días, Hasta ver. Estas mismas palabras, Hasta ver, intencionales por su tono, pero sibilinas por faltarle otras, fueron pronunciadas por el ministro, que más tarde precisó su pensamiento, Quería decir que tanto pueden ser cuarenta días como cuarenta semanas, o cuarenta meses, o cuarenta años, lo que es preciso es que nadie salga de allí. Ahora hay que decidir dónde los metemos, señor ministro, dijo el presidente de la Comisión de Logística y Seguridad, nombrada al efecto con toda prontitud, que debería encargarse del transporte, aislamiento y auxilio a los pacientes, De qué posibilidades inmediatas disponemos, quiso saber el ministro, Tenemos un manicomio vacío, en desuso, a la espera de destino, unas instalaciones militares que dejaron de ser utilizadas como consecuencia de la reciente reestructuración del ejército, una feria industrial en fase adelantada de construcción, y hay también, y no han conseguido explicarme por qué, un hipermercado en quiebra, Y, en su opinión, cuál serviría mejor a los fines que nos ocupan, El cuartel es lo que ofrece mejores condiciones de seguridad, Naturalmente, Tiene, no obstante, un inconveniente, es demasiado grande, y la vigilancia de los internos sería difícil y costosa, Entiendo, En cuanto al hipermercado, habría que contar, probablemente, con impedimentos jurídicos diversos, cuestiones legales a tener en cuenta, Y la feria, La feria, señor ministro, creo que sería mejor no pensar en ella, Por qué, No le gustaría al ministerio de Industria, se han invertido allí millones, Queda el manicomio, Sí, señor ministro, el manicomio, Pues el manicomio, Sin duda es el edificio más adecuado, porque, aparte de estar rodeado de una tapia en todo su perímetro, tiene la ventaja de que se compone de dos alas, una que destinaremos a los ciegos propiamente dichos, y otra para los contaminados, aparte de un cuerpo central que servirá, por así decir, de tierra de nadie, por donde los que se queden ciegos podrán pasar hasta juntarse a los que ya lo están. Veo un problema, Cuál, señor ministro, Nos veremos obligados a meter allí personal para orientar las transferencias, y no creo que haya voluntarios, No creo que sea necesario, señor ministro, A ver, explíquese, En caso de que uno de los contaminados se quede ciego, como es natural que ocurra antes o después, los que aún conservan la vista lo echarán de allí de inmediato, Es verdad, Del mismo modo que no permitirían la entrada de un ciego que quisiera cambiar de sitio, Bien pensado, Gracias, señor ministro, podemos pues poner en marcha el plan, Sí, tiene carta blanca. La comisión actuó con rapidez y eficacia. Antes de que anocheciera ya habían sido recogidos todos los ciegos de que había noticia, y también cierto número de posibles contagiados, al menos aquellos a quienes fue posible identificar y localizar en una rápida operación de rastreo ejercida sobre todo en los medios familiares y profesionales de los afectados por la pérdida de visión. Los primeros en ser trasladados al manicomio desocupado fueron el médico y su mujer. Había soldados de vigilancia. Se abrió el portalón para que los ciegos pasaran, y luego fue cerrado de inmediato. Sirviendo de pasamanos, una gruesa cuerda iba del portón de entrada a la puerta principal del edificio. Sigan un poco hacia la derecha, ahí hay una cuerda, agárrenla y síganla siempre hacia delante, hacia delante, hasta los escalones, los escalones son seis, advirtió un sargento. Ya en el interior, la cuerda se bifurcaba, una hacia la izquierda, otra hacia la derecha, el sargento gritó, Atención, su lado es el derecho. Al tiempo que arrastraba la maleta, la mujer guiaba al marido hacia la sala más próxima a la entrada…" (Pág 30-31)

"Pero no es así, por todas partes hay ciegos con la boca abierta hacia las alturas, matando la sed, almacenando agua en todos los rincones del cuerpo, y otros ciegos, más previsores, y sobre todo más sensatos, sostienen en sus manos cubos, palanganas, cazos, y lo levantan al cielo generoso, cierto es que Dios da nubes cuando hay sed. No se le había ocurrido a la mujer del médico la posibilidad de que de los grifos de las casas no saliera ni una gota del precioso líquido, es defecto de la civilización, nos habituamos a la comodidad del agua canalizada, llevada a domicilio, y olvidamos que, para que tal suceda, tiene que haber gente que abra y cierre las válvulas de distribución, estaciones elevadoras que necesitan energía eléctrica, computadoras para regular los débitos y administrar las reservas, y para todo faltan ojos. También faltan para ver este cuadro, una mujer cargada con bolsas de plástico, andando por una calle inundada, entre basura podrida y excrementos humanos y de animales, automóviles y camiones abandonados de cualquier manera, bloqueando la vía pública, algunos con las ruedas ya cercadas de hierba, y los ciegos, los ciegos, con la boca abierta, abriendo también los ojos hacia el cielo blanco, parece imposible cómo puede llover de un cielo así. La mujer del médico va leyendo los nombres de las calles, unos los recuerda, otros no, hasta que llega un momento en que comprende que se ha desorientado y anda perdida. No hay duda, se ha extraviado. Dio una vuelta, dio otra, ya no reconoce ni las calles ni los nombres que llevan, entonces, desesperada, se deja caer en un suelo sucísimo, empapado en cieno negro, y, vacía de fuerzas, de todas las fuerzas, rompe a llorar. Los perros la rodearon, olfatean las bolsas, pero sin convicción, como si ya se les hubiera pasado la hora de comer, uno de ellos le lame la cara, tal vez desde pequeño esté habituado a enjugar llantos. La mujer le acaricia la cabeza, le pasa la mano por el lomo empapado, y el resto de lágrimas las llora abrazada a él. Cuando al fin alzó los ojos, mil veces alabado sea el dios de las encrucijadas, ve que tiene ante ella un gran plano, de esos que los departamentos de turismo colocan en el centro de las ciudades, sobre todo para uso y tranquilidad de los visitantes, que tanto quieren poder decir adónde han ido como saber dónde están. Ahora, estando todos ciegos, parece fácil dar por mal empleado el dinero que han gastado, pero, en fin, hay que tener paciencia, dar tiempo al tiempo, debíamos haber aprendido ya, y de una vez para siempre, que el destino tiene que dar muchos rodeos para llegar a cualquier parte, sólo él sabe lo que le habrá costado traer aquí este plano para decir a esta mujer dónde está. No estaba tan lejos como creía, sólo se había desviado un poco en otra dirección, no tienes más que seguir por esta calle hasta una plaza, ahí cuentas dos calles a la izquierda, doblas después en la primera a la derecha, ésa es la que buscas, del número no te has olvidado. Los perros se fueron quedando atrás, algo los distrajo por el camino, o están muy acostumbrados al barrio y no quieren dejarlo, sólo el perro que había bebido las lágrimas acompañó a quien las lloraba, probablemente este encuentro de la mujer y el plano, tan bien dispuesto por el destino, incluía igualmente al perro. Lo cierto es que entraron juntos en la tienda, al perro de las lágrimas no le sorprendió ver a todas aquellas personas tendidas en el suelo, tan inmóviles que parecían muertos, estaba habituado, a veces lo dejaban dormir entre ellas, y cuando era hora de levantarse, casi siempre estaban vivas. Despertad, si estáis durmiendo, traigo comida, dijo la mujer del médico, pero primero había cerrado la puerta, no la vaya a oír alguien que pase por la calle. El niño estrábico fue el primero en levantar la cabeza, sólo eso puede hacer, la debilidad no le dejaba, los otros tardaron un poco más, estaban soñando que eran piedras, y nadie ignora lo profundo que es el sueño de las piedras, un simple paseo por el campo lo demuestra, allí están durmiendo, medio enterradas, esperando no se sabe qué despertar. Tiene, no obstante, la palabra comida poderes mágicos, mayormente cuando aprieta el apetito, hasta el perro de las lágrimas, que no conoce lenguaje, empezó a mover el rabo, el instintivo movimiento le hizo recordar que aún no había hecho aquello a que están obligados los perros mojados, se agitó con violencia, salpicando todo a su alrededor, en ellos es fácil, llevan la piel como quien lleva un abrigo.
Agua bendita de la más eficaz, bajada directamente del cielo, aquella rociada ayudó a las piedras a transformarse en personas, mientras la mujer del médico participaba de la metamorfosis abriendo una tras otra las bolsas de plástico. No todo olía a lo que contenía, pero el perfume de un trozo de pan duro ya sería, hablando elevadamente, la esencia misma de la vida. Están, al fin, todos despiertos, tienen las manos trémulas, las caras ansiosas, y entonces el médico, tal como le había ocurrido antes al perro de las lágrimas, recuerda quién es, Cuidado, no conviene comer mucho, puede hacernos daño, Lo que nos hace daño es el hambre, dijo el primer ciego, Haz caso de lo que dice el doctor, le reprendió la mujer, y el marido se calló, pensando con una sombra de rencor, Éste ni de ojos entiende, palabras injustas éstas, tanto más si tenemos en cuenta que no está el médico menos ciego que los otros, la prueba es que ni advirtió que su mujer venía desnuda de cintura para arriba, fue ella quien le pidió la chaqueta para taparse, los otros ciegos miraron en su dirección, pero era demasiado tarde, que hubieran mirado antes…"( Pág, 174-175-176).

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